Chapter 14 of 28 · 3961 words · ~20 min read

Part 14

—Las nueve de la mañana serían cuando llegamos al puente de Neuilly. A todas estas yo no había vuelto a cambiar con mi enemigo ni una palabra, y siempre que echábamos pie a tierra él caminaba delante, guiándome. Varias veces hubiera podido asesinarle a mansalva, y esta confianza que ponía en mí me tranquilizaba, pues demostraba que míster Ruch no era un cobarde capaz de una traición. Así, caminando el uno en pos del otro, seguimos bordeando el Sena largo trecho, hasta que el holandés llamó a un barquero para que nos llevase a la isla de la Grande Jatte.

Don Higinio, en efecto, arrastrado por su afición a la pesca, había pasado allí una tarde muy agradable, y de aquel solitario rincón conservaba una imagen bastante precisa. A esta circunstancia debía añadirse la de haberse cometido aquellos días y en la isla, justamente, de la Grande Jatte, un «crimen misterioso», al que los periódicos, a falta tal vez de mejor asunto, dedicaron columnas enteras y tuvo la virtud de remover la curiosidad de París. El autor de aquella fechoría no había dejado rastro y su víctima no pudo ser identificada. De estos diversos detalles se acordaba entonces Perea, y con rara presteza y habilidad de todos se servía para acrecentar la buena disposición, colorido y solidez de su patraña.

—El tiempo no era el más a propósito para andar por el campo —decía don Higinio—; estábamos a principios de enero, el día dos, bien me acuerdo, y el frío cortaba la piel. Caminábamos por un bosque; ni un soplo de viento; la neblina era espesa y se agarraba a los árboles; sobre el suelo escarchado apenas podíamos andar. Ni un alma, ni un ruido. De pronto el holandés se detuvo, y volviéndose hacia mí con la flema de su carne rubia, exclamó: «¿Le gusta a usted el sitio?...». «Mucho» —repliqué—. No hablamos más y nos acometimos. Fue un instante. Yo comprendí que era necesario jugarse la vida a un solo golpe, y así lo hice. Tuve una arremetida de fiera, y el corazón de míster Ruch sirvió de vaina a mi cuchillo.

—¿Acertó usted a darle en el corazón? —interrogó el notario.

—Se lo partí en dos pedazos —repuso sin vacilar el héroe—. Pero mi fortuna, con ser grande, no fue completa, porque en aquel momento el holandés disparaba a quemarropa su revólver sobre mí y la bala, penetrando por semejante sitio, me traspasó de parte a parte y fue a clavárseme en la espina dorsal.

Si don Higinio se hubiese limitado a decir que mató al holandés, su mentira hubiera llamado menos la atención y probablemente habría fracasado, pues a embustes mucho mayores estaban avezados los oídos de todos. Su supremo acierto, por tanto, consistió en declararse herido. Aquella bala clavada allí, según generosa confesión del héroe, a la altura de la décima vértebra, tenía toda la certidumbre, todo el irrevocable imperio de un acta notarial. Así, el asombro que en los circunstantes produjo aquella jamás soñada declaración fue definitivo. Como por arte de hechicería don Higinio, a quien hasta allí diputaban hombre juicioso y casero, erguíase ante ellos llevando sobre la vulgaridad de su sombrero hongo la pluma de Don Juan. De aquel antiguo Perea sin leyenda y sin misterio, aficionado a pescar, a jugar al dominó y a hacer caramelos, había surgido otro hombre que, tanto por su propia historia como por la acrisolada limpieza de su abolengo, bien podía ser motivo de orgullo para Serranillas: un verdadero hombre de mundo, más conquistador que Cenén, más bravo indudablemente que el notario Arribas, y tan diestro, al menos, en el arte de manejar el cuchillo, como don Gregorio, el matador de jabalíes. Todos, dentro de las especialidades de seducción o matonismo que cada cual se atribuía, sentíanse humillados por aquel nuevo y brillante prestigio.

—¿Y por dónde le entró a usted la bala? —interrogó impaciente el médico.

Perea acababa de acordarse de que su pecho conservaba la cicatriz de una herida incisa que, siendo niño, se causó con un cristal una tarde al salir del colegio, y repuso:

—Por aquí, vean ustedes; el orificio de entrada, aunque muy reducido por el tiempo, se conoce aún.

Casi sin saber lo que hacía púsose de pie y comenzó a desabotonarse el chaleco, la camisa; se levantó las puntas flotantes de su corbata. Gutiérrez bajó la lámpara y todos se levantaron, adelantando el rostro, frunciendo los párpados para reconcentrar mejor la mirada. Don Higinio, con audacia temeraria, mostraba por entre la abertura de su camiseta color salmón su pecho cobrizo, peludo como el vientre de un oso.

—Aquí está —dijo señalando con el índice de su mano derecha una huella blanca, perdida bajo la espesa pelambrera.

Los circunstantes siguieron aquel gesto, y el aplomo sugestivo del héroe de una parte, de otra el coñac, el espíritu de imitación, acaso un oportuno y sofístico parpadeo de la luz, realizaron el milagro. Todos vieron la herida.

—¡Es cierto! —exclamó Hernández—, aquí es.

Don Cándido la apreció también, y el secretario del Ayuntamiento, y el jefe de Correos, y el notario... Don Higinio brincaba de sorpresa en sorpresa; nunca hubiera creído que a la pobre humanidad, inclinada sistemáticamente a la desconfianza y tan incrédula, sin embargo, pudiera engañársela tan pronto.

—¿Y dice usted —añadió el médico— que la bala quedó incrustada en la décima vértebra dorsal?

—Sí, señor.

—¡No puede ser!

—¿Por qué?...

—¡Porque, no!... ¿No lo comprende usted? Es demasiado bajo.

A don Higinio no le importaba que el proyectil del holandés hubiera ido a instalarse una o dos o tres vértebras más arriba; pero su ágil y clarividente discreción comprendió que debía sostener lo dicho, lo que, conocida la pobrísima ciencia de su amigo, no había de serle difícil.

—Tenga usted presente —dijo— la aventajada estatura de mi rival: míster Ruch era un hombretón; por lo mismo, la trayectoria del balazo debió de ser oblicua, de arriba a abajo. Yo, como usted comprenderá, me limito a repetir lo que dijeron las notabilidades médicas que me examinaron.

Hernández se dio por enterado; las últimas palabras del héroe acababan de convencerle. ¿Acaso no sabía él tanta anatomía como los profesores de París?... Para demostrarlo juzgó oportuno sorprender a sus oyentes determinando allí mismo el rumbo seguido por el proyectil, y oscureciendo lo más posible su descripción con términos profesionales.

—Todo está comprendido —exclamó—; la bala perforó el apéndice xifoides, que por su naturaleza cartilaginosa es poco resistente; rompería el peritoneo, atravesaría la cavidad del abdomen e iría a clavarse en la espina dorsal. ¡Y gracias que no desgarró ninguna asa intestinal!... ¿Le operaron a usted?

—Nada; no, señor.

—¡Es natural! ¡No hacía falta! Le recomendarían a usted, además del tratamiento indicado para tales casos, mucho reposo y la leche como único alimento...

—Precisamente.

Todos miraban a Perea con el respeto, humildad y devoción admirativa que inspiran a la multitud los supervivientes de alguna terrible catástrofe. ¡Qué hombre! Ahora comprendían mejor su carácter reservado y el celo galante con que en diferentes ocasiones había defendido a las mujeres de moralidad distraída.

—¿Y no se resiente usted nunca de la herida? —preguntó el boticario.

—Algunas veces; cuando realizo algún esfuerzo, verbigracia, o si cambia el tiempo.

A don Higinio le pareció oportuno interpolar una sonrisa en el relato de su aventura, y añadió:

—Puedo decir que el holandés me puso un barómetro a la altura de los riñones...

El ático humor y desparpajo de Perea y la modestia con que hasta entonces había callado su historia, traía a todos suspensos y pasmados.

Habían vuelto a llamar a la puerta y don Cándido salió a abrir. Era Carmen, que iba en busca de su padre para cenar.

—Son las nueve —dijo—, estamos esperándote.

El héroe de la Grande Jatte la llamó a su lado, la estrechó contra su pecho y empezó a pasarla una mano por los cabellos. Se acordaba de un grabado, copia de un cuadro titulado: «Napoleón y su hija», que había visto alguna vez. Su gesto tenía una tranquilidad patriarcal y solemne; parecía decir: «¡Si no fuese por estas criaturas!».

Para marcharse, estrechó la mano del médico, la del boticario, la de Cenén, la de Arribas, la de Gutiérrez. Al mismo tiempo, aludiendo a la niña con un mohín, balbuceó:

—Que no sepa nada, ¿eh?... Ustedes se hacen cargo... ¡Sería horrible!...

El jefe de Correos habló en nombre de todos.

—Nada tiene usted que advertirnos: aquí, en este instante, no hay más que caballeros.

Don Higinio Perea salió de la botica apoyándose en su hija y echando aquel paso lento y largo, propio a su juicio, del hombre que arrastra algún remordimiento. Llovía y el globo rojo de la farmacia tendía sobre el lodazal de la plaza un cono sangriento. La niña levantó la cabeza.

—¿Has bebido, papá?...

Desconcertose el amante de Leopoldina.

—No... ¿Por qué?...

—Me había parecido: estás muy colorado.

Iba, en efecto, encendido como una amapola y con la boca tan seca que apenas podía mover los labios. Al doblar la esquina volvió la cabeza. Hallábase excitadísimo; tenía miedo, un pánico de superstición; como si realmente el cadáver enorme, frío y blanco del holandés, le fuera pisando los talones.

VII

En menos de un mes, la invención lanzada por don Higinio Perea en el refugio y misterio de la farmacia de don Cándido, había dado varias vueltas al pueblo. A pesar del silencio que los allí reunidos juraron guardar al héroe de la Grande Jatte, la noticia les pareció tan emocionante y golosa, y de tal manera sojuzgó y trastornó sus ánimos, que les faltó tiempo para feriar con ella la voraz curiosidad de sus mujeres. El boticario se lo dijo a doña Benita; don Gregorio, a doña Lucía; el secretario del Ayuntamiento, a su Inés; don Jerónimo Arribas, a doña Marcela y a los dos pasantes de la notaría; Gutiérrez, si bien con medias palabras y exigiendo aquella misma reserva de que él carecía, se lo confió a sus hijas... Y así la hazaña de Perea, tan pronto aplaudida como censurada, pero siempre comentada con prolija vehemencia, fue revolando de puerta en puerta hasta ser tan familiar al vecindario de Serranillas como la torre de la iglesia.

Por poco observador que fuese don Higinio, y olvidado y desasido que se hallase de su mentira, bien echó de ver que algo extraordinario se operaba a su alrededor. Durante los primeros días no supo a qué atribuirlo, pues el recuerdo de su embuste se le había ido del cerebro con los últimos vahos del coñac tragado en casa de don Cándido, y aunque lo tuviese presente, nunca lo creyera capaz de subsistir, ni menos de merecer la atención de nadie. Pero no tardó en modificar su opinión, cediendo a la autoridad irrevocable de los numerosos y muy graves indicios que de múltiples partes y bajo artificios diversos llegaban a descubrirle el interés vivísimo, no exento de admiración, de que era objeto. El mentiroso es un sugestionador, y él, inconscientemente, había sugestionado al pueblo: se le discutía, se le espiaba, se le seguía desde lejos con los ojos. El artista se asombró de su obra; hallábase envuelto, cercado, apresado por ella; hubiera querido destruirla y no hubiese podido, tal vez; su mentira, como por ensalmo, se había hecho horizonte. A todas horas recibía pruebas fehacientes del sincero cariño y alta estimación que el alma colectiva le tributaba: Cenén, Gutiérrez, el notario, hasta don Gregorio Hernández y don Cándido, unidos a él por una amistad de muchos años, le trataban con mayor pleitesía y reverencia, y como de inferiores a jefe; y la misma doña Lucía, que continuaba sin hallar corsé que reparase el desbordamiento de su obesidad, solía mirarle con una languidez nueva. Si iba a la mina hallaba a sus obreros más obedientes y devotos, y cuando llegaba al Casino los porteros le saludaban, poniéndose de pie, con un acogimiento silencioso y humilde que le bañaba en dulce vanidad.

El buen hombre atisbaba curiosamente aquel interesantísimo cambio de opinión. El vulgo, al igual de las mujeres, es imaginativo, y como la imaginación solo de mentiras se satisface, siente la necesidad, casi fisiológica, de ser engañado; por cuanto lo extraordinario le atrae y le vence, y antes prefiere la pinturería folletinesca de un «se dice» a la gravedad histórica de un hecho comprobado. Ello explicaba el éxito que, a despecho de la fingida reserva de todos, había obtenido su mentira, y cómo, por imperativo caprichoso de la muchedumbre, en el pacífico ricachón de antaño, dedicado a los lisos placeres de la familia, del dominó y de la pesca, surgía ahora, cual de una caja de sorpresa, una personalidad andariega, belicosa, prudente, seductora, colmada, en fin, de interés teatral. Esta observación halagaba sus pueriles y romancescos humos de exotismo, y le inspiró una preocupación que, por lo constante, fue origen, a su vez, de un gesto reservado que bien pudiera ser, pensaba el público, el de un remordimiento.

Este ademán taciturno, tan cómico como su falsa afición al ajenjo o aquel postizo acento francés con que cinco años antes regresó de París, era una especie de traje que el héroe de la Grande Jatte se endosaba diariamente al salir a la calle. Realmente no hubiera podido adoptar otra actitud. Sus conterráneos habían empezado a dedicarle ese cariño dispensador de los padres hacia el hijo calavera que no quiso aprender carrera ni oficio, pero en quien reconocen las gallardías de un buen entendimiento y de una hermosa apostura física; les halagaba que de aquel noble predio manchego hubiese surgido, siquiera fuese merced a la intervención poco romántica de la lotería, la figura de un varón complicado, tracista y galán como un caballero Casanova, que hubiera viajado por el extranjero y seducido a una hermosura italiana y vencido en temerario desafío a un gigante holandés. De consiguiente, al agraciado por tan difíciles prestigios no le quedaba otro recurso que mantener «su papel», vivir su mentira, aquella mentira lanzada entre el exaltado aturdimiento de dos sorbos de coñac, y a cuya rápida divulgación sirvió de coadjutora la voz de todo un pueblo. Este le había dicho:

«Toma tu cruz de héroe, la más pesada de todas, y sigue».

Y don Higinio se cruzó de brazos: él sería héroe, como Dieguito, el sobrino de su amigo Arribas, sería siempre un pillo; porque así lo había decretado la opinión ajena...

Para mejorar la disposición interior de su espíritu y no aparecer demasiado ridículo ante las miradas fiscales de su propia conciencia, no le faltarían razones. En primer lugar, era seguro que doña Emilia no sabría aquello, pues constantemente y para bien del individuo, el rumor de sus pequeñas ridiculeces o no llega nunca a conocimiento de su familia o llega muy tarde; y en segundo término, y a este asidero agarrábase principalmente la vanidad del héroe, nadie podría demostrarle que hubiese mentido. Las figuras y lugares que su fácil imaginación y novelesca facundia utilizaron en la erección de la leyenda existían: la italiana del hotel de los Alpes no le había amado, pero pudo amarle; como el holandés, que en aquellos momentos gozaría seguramente de perfecta salud, era innegable que hubiera podido morir a sus manos. Tales suposiciones, aun dentro de la lógica más estricta, siempre representaban un argumento. Además, la generosa casualidad le favorecía. La víctima que fue a elegir era la de un hombre cuyo cadáver halló la policía en una isla del Sena y no pudo ser identificado; él conservaba varios periódicos que lo decían así, y de los cuales se acordó en el caliente flujo de su improvisación. Esto constituía para don Higinio un argumento Aquiles, porque de darle la desgobernada y suicida ventolera de confesarse públicamente autor de aquel viejo crimen olvidado, y constituirse prisionero so pretexto de acallar remordimientos de conciencia, ¿qué tribunal le hubiera recusado?... Únicamente podía comprometer la certidumbre de su relato la bala del holandés, que él dijo llevar incrustada en la décima vértebra; pero, si nadie podía probarle que no la tuviese allí, ¿qué importaba?...

Discurriendo así consiguió serenar todos sus escrúpulos. El delicioso matón de la isla de la Grande Jatte, por lo mismo que sus convecinos eran unos incorregibles y redomados embusteros, abominaba de la mentira, aunque este odio se parecía a la misoginia de muchos viejos moralistas, que reniegan de las enaguas precisamente porque de jóvenes no supieron descoserse de ellas. La mentira, según don Higinio, constituye uno de los pródromos, síntomas, o matices más graves de la patología social; ella retarda el avance de la ciencia, desorbita con invenciones grotescas la inspiración de los artistas jóvenes y envenena la existencia familiar: la mentira es el robo, el disimulo, la calumnia, la cobardía, la ostentación ruinosa, el adulterio; la mujer, huyendo del castigo del hombre, se acoge a la mentira.

Hay mentiras inocentes que jamás perjudican a tercera persona, como la del asesinato del holandés, y, en general, las de cuantos buenos conversadores, cultivadores felices del jardín del embuste, piden a la imaginación la amenidad ágil y la gracia que la realidad no tiene. Pero desdichadamente la mayoría de los hombres que incurren en delito de impostura no es por devoción estética o prurito de decir algo bello que frívolamente eduque o distraiga, sino por dañar los intereses o emporcar el honor de alguna persona.

La psicología de la mentira es interesantísima. A los que podrían calificarse de «profesionales» de la patraña, esta llega a dominarles tan sostenida y acabadamente que les impone una segunda personalidad, por cuanto muchos médicos les colocan en el número de los anormales. Hay, efectivamente, quien de buena fe se cree héroe y se atribuye majezas de Bayardo; o un terrible seductor más recuestado por las damas que Lovelace; o un rival dichoso de Magallanes en materia de viajes. También abundan los que gustan de mostrarse atrafagados en difíciles maquinaciones económicas. Generalmente, la mentira, cuando no proviene de la timidez, es una hiperestesia, «un producto» de la imaginación, la gran arisca vestida de colorines y cascabeles, empeñada perpetuamente en corregir la vulgaridad social.

Existe, además, otra mentira que no se deriva del miedo ni de la fantasía, sino del cálculo; superchería que no es exaltación o alboroto romántico del carácter, mas sí represión, disimulo o empequeñecimiento del mismo. La mentira de la imaginación hincha lo más sencillo; la razonada, como su madre la hipocresía, tiende, por el contrario, a cepillar o reducir cuanto haya de saliente en el individuo; aquella, «multiplica»; la segunda, «resta»; y de ambas, evidentemente, esta es peor, porque su humildad inspira confianza: suele ser la mentira favorita de los inferiores, de los criados, de los niños. También es la más frecuente: su anguilada suavidad, su color gris, tan de acuerdo con la mediocridad colectiva, su respeto incondicional a lo instituido, su miedo lacayuno a las costumbres, equivalen a un uniforme. ¿Cómo diferenciar entre la bondad verdadera y la fingida o pegadiza? ¿Cómo saber quién es noble «por dentro» y quién muestra hidalguía accidentalmente y de paso?... En los espíritus caballerescos la decencia constituye algo sustantivo, rígido, muy incómodo, ciertamente, de llevar; en los solapados y rufianes, es una librea. Las apariencias, sin embargo, no varían: entonces, ¿cómo distinguir cuándo la honradez y la sinceridad son «trapo» y cuándo «piel»?...

Amén de la timidez y de la imaginación, los manantiales mentirosos más abundantes son la vanidad, el orgullo y la envidia. Lo que esta inventa, cae inmediatamente bajo la égida amparadora del amor propio, y el orgullo y la vanidad lo mantienen ante la opinión, aun a riesgo de grandes sacrificios. También se miente por misericordia.

En los hombres de espíritu cultivado, como don Higinio Perea, y capaces de realizar complicadas síntesis mentales, las mentiras se alambican y esclarecen difícilmente, pues se afianzan al espíritu que las produce con numerosas raíces. El héroe de la Grande Jatte, aunque nunca había mentido, propendía a la mentira acaso por culpa del medio donde naciera, demasiado pequeño para su actividad, o tal vez porque envidiase la plenitud de vida que rebosan las biografías de los varones trotatierras y fuertes y quisiera igualarles. La sociedad lugareña que le circundaba, mundo tranquilo donde la desocupación servía de maravilloso abono a la murmuración y a la calumnia, le invitó al engaño y él mintió por el único pueril antojo de obtener durante el breve espacio de una tarde, el elogio envidioso de sus amigos más íntimos. Cuestión de vaya y pasatiempo. Pero como la seriedad de sus palabras y acciones fuese proverbial, su invención obtuvo resonancia estupenda, y rebasando los límites de Serranillas traspuso las márgenes verdes del Guadamil y levantó en Almodóvar del Campo un clamoreo admirativo.

Ante aquella inesperada realidad don Higinio, a la vez asustado y satisfecho, concluyó, tras detenido examen de conciencia, por encogerse de hombros. ¿Qué inmoralidad hay en el embuste que sin lastimar a nadie mejora a quien lo dice, y a todos por igual regocija y divierte?... Los agiotistas, los conquistadores, son hombres de voluntad que cultivan la acción; la quietud reflexiva pertenece a los artistas, a los sabios. Perea sintiose ligado a los individuos de este último grupo por cierta comunidad espiritual. ¡Su mentira, aquella mentira donde su destino parecía haber encarnado!... ¿Por qué no imponerla al vulgo como se impone una obra de arte? _Don Quijote_ y _Fausto_ carecen de realidad histórica, no vivieron jamás, y, sin embargo, ¿no es cierto que existen los dos?...

Aquel día, muy temprano, los vecinos de la plaza vieron pasar a don Higinio cargado con todos sus pertrechos de pesca: las cañas al hombro como lanzones, su sillita de campaña a la espalda, y colgados sobre el brazo izquierdo el cesto de la merienda y el voluminoso paraguas de algodón negro guarnecido por una franja morada. Vestía traje de pana color vino, y llevaba echado hacia la nuca un amplio sombrero de fieltro gris. Caminaba de prisa, jaque, rechoncho, peludo y alegre, bajo la claridad plomiza de la mañana. Al enfrontar una calleja que por entre bardales y pobrísimas viviendas de mineros desembocaba en el ejido, saludó a don Gregorio.

—¡Bien madrugamos! —gritó Perea.

Hernández llevaba puestas sus polainas de cazador y un chubasquero que le cubría hasta cerca de los pies.

—Vuelvo de ver a _Tocinico_.

—¿Sigue mejor?

—Creo no llegue a la noche; si no reacciona...

Se habían detenido y hablaban de acera a acera, con familiaridad pueblerina. El brusco vozarrón de don Gregorio retumbaba en el silencio ecoico del callejón desempedrado, pendiente y vacío.

—¿Cómo sale usted a pescar en un día así?

—¿Qué le sucede al día?

Miró al espacio: el cariz del cielo, efectivamente, era intranquilizador. Soplaba un poniente frescachón que anunciaba lluvia. El médico extendió un brazo.

—Debía usted saber que cuando aquellos picos no se ven claros, en Serranillas llueve siempre.

—Es verdad.

—Y para el hombre que ha abusado de la vida como usted y lleva en su cuerpo lo que usted tiene la desgracia de llevar en el suyo, los cambios barométricos son fatales. Eso está al alcance de un niño; pero usted, por lo visto, no se quiere bien.

Desdeñoso y heroico, el amante de Leopoldina se alzó de hombros. Sí, ya comprendía a qué aludía don Gregorio: a la bala del holandés... ¡Bah!... ¡Buena cosa le importaba a él la bala!...

—La humedad es un veneno terrible para las heridas viejas —agregó Hernández.

Campechanamente, levantando el brazo derecho con el gesto alegre del hombre que tira su sombrero al aire, don Higinio repuso:

—¡Historias, don Gregorio! ¡No haga usted caso!... ¿Quién se acuerda de esas antiguallas?...

Y siguió adelante. El médico exclamó, como si le tirase una piedra:

—¿Antiguallas? ¡Bueno! ¡Las locuras se pagan!...

Perea se alejaba sin mirarle y haciendo signos negativos con la cabeza.

—¿Que no se pagan?... ¡Dentro de algunos años me lo dirá usted!