Part 12
Hallándose desencentrado y un poco anacrónico, don Higinio se refugió en la pesca, única distracción compatible con su nostálgico amor al silencio, y hubo a su alrededor como un súbito germinal de flores melancólicas en las que nunca había reparado. Fue entonces cuando comprendió la tristeza del viejo nido de cigüeñas que coronaba la torre de la iglesia, y la sórdida aridez mental del vivir lugareño, y el aburrimiento de las vírgenes que allí frutecen y acaban; y como si iba por las calles tuviera la costumbre de mirar hacia el interior de las tiendas, advirtió el asombroso número de relojes parados que había en Serranillas; lo que, demostrándole cuán poco vale el tiempo en la existencia lenta de los pueblos, fue para su espíritu delicado un nuevo motivo de descaecimiento y pesadumbre. A última hora de la tarde, luego de visitar la mina que ya había recobrado su fértil trajín, iba al paseo de la Feria a beber agua ferruginosa de cierto manantial que un médico célebre descubrió antaño y a sus expensas convirtió en fuente. Algunas veces alargaba su camino hasta la estación, donde nunca faltaban amigos con quienes departir templadamente mientras llegaba el correo de Ciudad Real. Allí, cierta tarde, le saludó un individuo a quien solo conocía de vista.
—¿No se acuerda usted de mí, señor Perea?...
—No, en este momento, la verdad...
—Yo soy Paco Martínez.
—¿Martínez?...
—El que le vendió el baúl cuando le cayó a usted la lotería y se marchó a París...
—¡Ah, sí!...
Don Higinio le examinó afectuosamente, casi enternecido, como se mira a un cómplice, y en su memoria reavivose la imagen de su cofre forrado de hojalata amarilla, y con él la visión de su bohemio cuartito del hotel de los Alpes. Martínez reiteró a Perea su amistad humilde y los servicios de su casa.
—Si hace usted otro viaje, ya lo sabe; acuérdese de este servidor.
Don Higinio esbozó un mohín de duda y melancolía.
—No es fácil —dijo como en un suspiro— que vuelva a moverme de aquí: voy llegando a viejo y los años son poco aficionados a mudanzas.
Hablando de esta suerte, inconsciente, miró al espacio, a los alcores rocosos que circuían la población, a la torre de la iglesia, donde las esferas iluminadas del reloj brillaban en la creciente oscuridad vesperal como las pupilas glaucas de una lechuza. ¡No; él ya nunca saldría de Serranillas!... ¿Ni para qué?... Solo el andén, con sus trenes que venían de lejos, de París acaso, parecía comprender su destierro. A su excelente corazón le emocionaba románticamente todo aquel trasiego; los amores son interesantes porque nos dejan; los paisajes parecen más bonitos cuando se van; el secreto de toda pasión y de toda belleza estriba en la misma angustia que nos produce sentir cómo lo más deseado irremediablemente se deshace y marchita entre nuestras manos ingratas.
Un día varias muchachas de Serranillas, hijas de mineros, subieron al correo de Madrid, donde las habían dicho que las criadas cobraban buenos sueldos. Eran mozuelas de quince a dieciocho años, y sus trajes de ligeros colores y los pañuelos de seda que cubrían sus cabezas mejoraban su gracia juvenil. Muchas personas de su intimidad y cariño las acompañaron a la estación; la despedida fue emocionante: sollozaban las madres, y las muchachas, apenadas de una parte y removidas de otra gozosamente con la alegría del viaje, no sabían si llorar o reír. Rodó el tren, llevándolas consigo hacia el mañana, donde, emboscada, acecha la vida. Se fueron. ¡Oh, la pena desgarradora de ese instante en que las cosas son y dejan de ser para siempre, porque si algún día volviesen ya no serían las mismas!... Al salir del andén, seguro de que nadie le veía, don Higinio Perea, que hubiera querido marcharse con ellas, necesitó enjugarse los ojos.
VI
Empezaba la otoñada con unos días frescos, ligeramente neblinosos, que olían a tierra húmeda. El paisaje cambió: los prados iban amarilleando, y entre el ramaje seco el viento sonaba de otro modo; el Guadamil venía crecido, y sus ondas, en la hoya profunda del Jabalí, tenían murmurios de amenaza. Ya del cielo azulino, de un azul enfermo, las últimas golondrinas se habían marchado; las cigüeñas de la iglesia se fueron también.
Una tarde de octubre, después de almorzar, don Higinio Perea enderezó sus pasos a la botica de don Cándido, que celebraba, juntamente con su fiesta onomástica, el cincuentavo aniversario de su natalicio. Llovía copiosamente y para no cruzar la plaza convertida por obra del mal tiempo y abandono del alcalde, en un barrizal, necesitó don Higinio dar un largo rodeo. Caminaba sin prisa y chupando un buen cigarro. Bajo su paraguas, que le defendía del chaparrón y sobre la sequedad de sus chanclos, iba contento y como transportado cinco años atrás: aquel día turbio, fangoso, en que las piedras de la calle oponían una brillantez acerada a la claridad lívida del espacio, era «un día de París...».
Cuando llegó a la farmacia ya la sobremesa, aunque duró mucho, había terminado, y de cuantos amigos acudieron a la íntima y alegre zahora solo quedaban don Gregorio Hernández, el notario Arribas, Julio Cenén y Gutiérrez, el jefe de Correos. Don Higinio les halló en una de las habitaciones últimas de la casa, cómodamente repanchigados alrededor de un velador al que daban autoridad y simpático paramento tres botellas de coñac, dos intactas aún y la otra casi vacía. Perea fue recibido con estudiantil algazara.
—¿Cómo viene usted tan tarde, hombre de Dios? —le gritó el médico—. Ha perdido usted un almuerzo de primer orden. Aquí, el más desganado, se ha chupado los dedos. ¡Magnífico!... Ya lo sabe Cándido: a su mujer, quiera él o no, me la llevo de cocinera.
Don Higinio disculpó su retraso con sus ocupaciones; había estado haciendo números y escribiendo cartas; la mina le daba muchos calentamientos de cabeza. El farmacéutico quiso obsequiarle con una tacita de caracolillo y moka, y don Higinio aceptó. Sentose de espaldas a la luz, entre don Jerónimo Arribas y el secretario del Ayuntamiento; cruzó una pierna sobre otra, bebió su café aromado y caliente, trasegó medio vasito de coñac e inmediatamente, bajo la caricia tibia de aquel ambiente impregnado de olor a tabaco, fue feliz. Cenén le dio un amistoso golpecito en el hombro:
—¡Vaya, con don Higinio! Pues ha de saber usted que todos le hemos echado de menos.
—Yo iba a enviarle a usted un segundo recado —dijo don Cándido—; pero estos demonios se opusieron.
Hernández rectificó, dando una gran voz.
—¡Alto! Quien se opuso fui yo; estos señores nada dijeron; me opuse porque conozco a Perea: es un mátalas callando con quien, en ciertos días de la semana, no se puede contar. ¿Es o no verdad?...
Todos rieron de bonísima gana, porque en aquellos momentos de sincero optimismo aun las frases más triviales sonaban a agudeza y donaire. Don Higinio rio también, moviendo la cabeza a un lado y otro, como si intentase objetar algo, muy colorado y mirándose los chanclos. Estaba contento; una atmósfera de cordial amistad le envolvía. Don Cándido le sirvió un segundo vasito de coñac.
—Tiene usted que beber de prisa para alcanzarnos, le llevamos mucha ventaja.
Como le temblase el pulso y no consiguiera escanciar limpiamente, Hernández le arrebató la botella.
—¡Eche usted sin miedo!... ¡Canastos, estos boticarios son unos miserables! ¡Todo lo dan por gotas!
Gutiérrez y Arribas intercedieron:
—Pero si a Perea no le gusta beber... Este coñac tiene muchos grados.
Aquella intromisión piadosa picó la vanidad de don Higinio.
—Nadie pase cuidado —dijo—, yo bebo mucho: ya saben ustedes que el ajenjo es agua para mí.
Y de un trago apuró el vaso. El médico aplaudió.
—¿Ven ustedes? Pero si este hombre, allá en París, se enjuagaba la boca con lejía. ¡Cuando yo digo que no le conocen!...
Don Higinio, que no estaba acostumbrado a ingerir bebidas fuertes, sintió que todo el calor de aquella buchada se le subía a las sienes, a la nuca. Como por ensalmo, la discreta melancolía habitual de su carácter desapareció, y sus párpados experimentaron una extraña y amable ligereza.
—¡Muy bien dicho, don Gregorio —exclamó campechano—, estos caballeros de alfeñique no me conocen!...
Para mejor demostrarlo, antes de que nadie le invitase a ello, se sirvió otro coñac. Todos le imitaron; hubiera sido descortesía dejarle solo en momento de tanta gravedad y gusto. Julio Cenén insinuó:
—Yo desconocía este aspecto de nuestro amigo Perea: únicamente recuerdo que hace años, cuando llegó a Serranillas la noticia de que a él y a don Gregorio les había caído la lotería, estuvo en el Casino bebiendo aguardiente de Cazalla con Pepe Martín y conmigo.
—¡Pero si esos son detalles! —interrumpió el médico—. Donde este hombre se habrá acostumbrado a beber es en París; el pueblo francés bebe mucho, muchísimo..., como ustedes no pueden figurarse. ¿No es así, don Higinio?
El interpelado hizo un signo afirmativo; se acordaba de Francisco, el intérprete del hotel de los Alpes, con su nariz roja caída sobre el bigote lacio, su respiración de alcohólico y sus ojos azules, húmedos siempre y medio cerrados.
—Es verdad —declaró sentencioso—; yo, allí, francamente, es donde he abusado un poco de la bebida.
—¿Permaneció usted mucho tiempo en París? —dijo el notario.
—Cerca de ocho meses.
Hernández le miró asombrado. ¿Ocho meses?... Él creía que no habían llegado a siete, pero no estaba cierto. En la distancia de los cinco años transcurridos desde entonces sus recuerdos se embarullaban.
—¡Cómo corre el tiempo! —exclamó don Jerónimo.
La reflexión de Arribas arrancó un suspiro al jefe de Correos y tuvo la virtud de arquear melancólicamente todas las cejas. Hubo una pausa.
—Pues, sí, señor —insistió pérfidamente don Higinio—, ocho meses o poco menos, estuve en París. ¡Quién pudiera volver!...
Y al hablar así, de pronto, quedose triste, como si en París, efectivamente, se hubiese dejado el corazón.
Su ánimo volvía a inmergirse en un tranquilo, inefable bienestar. El aposento donde se hallaban era hermoso; cromos vulgares metidos en dorados marcos y antiguos retratos de familia, exornaban el papel oscuro de las paredes; hacía calor; el recio aroma del tabaco invitaba al ensueño; por las dos ventanas enrejadas y sin cortinas, asomaba un retal de jardín y se percibía el monorritmo sigiloso de la lluvia.
El coñac desataba en los circunstantes el prurito lírico de hablar de sí mismos. El secretario del Ayuntamiento cedió sin gran resistencia a los ruegos de Gutiérrez y del notario, y comenzó a referir sus relaciones con la Debreuil. Los pormenores traviesos que el narrador añadía a su cinedológico relato eran tan expresivos y con tales gestos los ilustraba, que don Cándido creyose obligado a cerrar la puerta.
—¿Anda por ahí tu mujer? —preguntó Arribas.
—No, está en la botica; de todos modos...
La hiperbólica y mentirosa imaginación de Cenén daban a sus vulgares amoríos con la señorita de Perpignan visos novelescos de desinterés y sacrificio. ¡Adorable Liana! Era bonita, era buena... y, para mayor hechizo y simpatía de su persona, ¡era horriblemente desgraciada! A cada momento los ojuelos ratoniles del secretario se volvían hacia Perea, solicitando la irrecusable autoridad de su aprobación.
—Aquí, don Higinio, conoció mucho a Liana; toda una noche estuvo hablando con ella y él, mejor que nadie, puede decir si era o no una chiquilla encantadora.
Perea asintió pausadamente, con lentitud enfática y doctoral:
—Sí, era una criatura muy agradable, muy francesa... Es un tipo que abunda mucho en París.
Cenén prosiguió:
—Ella se había enamorado de mí; al principio, no; ¡como casi no nos entendíamos!... ¡Pero, luego!... La víspera de marcharse estuvo llorando toda la noche; parecía loca: tan pronto quería quedarse a vivir aquí, conmigo; tan pronto me invitaba a irme con ella a correr mundo. ¡Niña de mi alma! «Tú —decía— no tienes que hacer nada; yo te vestiré, te pagaré la fonda, los viajes...». Creo que si para seguirla la impongo la condición de llevarse también mi familia, acepta.
Movía su cabecita de pájaro a todos lados, y se sirvió un coñac.
—¡Luego dicen que las francesas son interesadas!... ¡Mentira!...
Miraba a don Higinio. Perea afirmó:
—Las francesas son como todas las mujeres: apenas se enamoran de verdad, se hace de ellas lo que se quiere.
El médico se mordió los labios; de excelente gana hubiese protestado poniendo al servicio de su opinión sus terribles pulmones; pero el medio le era hostil y prefirió callar. Las sentenciosas palabras de don Higinio merecieron el asentimiento general. ¡Bien se echaba de ver por ellas que había viajado y conocía el mundo!...
Gutiérrez empezó a contar una aventurilla de parecido jaez que años atrás tuvo con una muchacha de Almodóvar.
—Pido a ustedes acerca de esto —advirtió, queriendo sosegar caballerescos escrúpulos— la mayor reserva, pues la pobrecilla ya se ha casado...
Los circunstantes asintieron y continuaron mirándole, con la paciente y fingida atención que los hombres dedican a las historias ajenas para así adquirir el derecho de contar las suyas. Don Cándido, sencillo y crédulo como un eremita, se frotaba las manos: hacía mucho tiempo que no pasaba una tarde tan espiritual ni tan alegre como aquella. Su mujer apareció.
—¿Dónde están la valeriana y el jengibre?
—En el estante de la derecha, segunda tabla.
Doña Benita se atrevió a decir:
—Ven un momento; yo no alcanzo.
—Y yo no puedo moverme de aquí. ¡Qué exigencias! Súbete en una silla.
Contra su costumbre, él, tan servicial, tan cariñoso, excitado por la bebida, había replicado ásperamente: estaba alegre y no quería molestarse por nadie; sus palabras tuvieron el egoísmo de la felicidad.
La historia del jefe de Correos fue muy celebrada y reída, y en su honor los circunstantes vaciaron de nuevo sus vasos. Al cabo don Gregorio pudo coger las riendas de la conversación y enderezarla hacia su afición favorita: la caza. El buen doctor tenía un _pointer_ y un _setter_ ingleses, con los que se proponía no dejar una perdiz en aquellos contornos.
—El _pointer_ —decía— es cachorro aún; pero tiene unas orejas sedosas y largas, y tal distancia desde el entrecejo al extremo de la nariz, que apostaría la mano derecha a que va a ser un perro de vientos altos de primer orden. El _setter_ ha cazado ya mucho, aunque siempre en terreno cubierto; por lo mismo tiene la fea inclinación de rastrear, que aquí, en nuestros campos manchegos, no sirve.
Internose en una erudita digresión relativa a la educación de los perros, según el género de caza que hayan de practicar. Citaba ejemplos, amontonaba razones y su caliente sangre de cazador hervía. Empezaron las anécdotas.
—¿Se acuerda usted, Arribas, de aquel matacán que cobramos en el barranco del Tojo?... Yo lo conocía bien; me había reventado dos meses atrás un galgo que valía millones; Gutiérrez puede decirlo. Pues yo estaba a un lado del barranco con Claudio Hinojosa, que en paz descanse. ¡Buen amigo! Y acabábamos de comer unos chicharrones, cuando oímos llegar la jauría. Como siempre, _Rafael_, el perro de Hinojosa, iba delante, y apenas lo vi comprendí que el pobre animal no podía correr más. La liebre había sabido hallar la ventajilla de una cuesta y cortaba el terreno a su gusto. Conque... el tiempo indispensable para echarme la escopeta a la cara y... ¡allá fue el tiro!... Hecha una pelota rodó la pendiente.
Llamaron a la puerta.
—¡Adelante! —gritó don Cándido.
Era un muchacho que venía con gran prisa en busca del médico; el pobrecillo chorreaba agua y sudor.
—De parte de la maestra —dijo—, que vaya usted en seguida a la peluquería, que el amo se ha puesto peor.
—¿Está enfermo Nicanor? —preguntó el boticario a don Gregorio.
—¿No lo sabía usted? Hace tiempo. Por la vida que le reste no doy cuatro ochavos; tiene una enterodiálisis que se muere a chorros. ¡Naturalmente! Son personas que comen mal y no hacen ejercicio...
Volviose hacia el mensajero.
—Di que luego iré, después de cenar; ahora estoy ocupado.
Aún el recadero no había traspuesto de la habitación, cuando Hernández reanudó la evocación de sus hazañas cinegéticas. Aquel belicoso nieto de Nemrod y de San Huberto era inagotable y hablaba con una vehemencia resonante que no abría en su discurso suturas de silencio ni pausas de atención.
—Hace cuatro años —decía— a fines de noviembre, por el día de mi santo, precisamente, fuimos diez o doce amigos, los mejores tiradores de Almodóvar y yo, a cazar jabalíes a la sierra. Claudio Hinojosa vino con nosotros. ¿Se acuerda usted, don Cándido, que no quiso usted ser de la partida? La caza empezó dándose mal: había nevado mucho la víspera y los perros parecían acobardados; no rastreaban. Era al anochecer. Ibamos el pobre Andresito Bustin, que también ha muerto, y yo, por una cañada en busca del rancho donde habíamos de pasar la noche, cuando oigo ladrar a los perros...; pero con ese ladrido, a la vez de miedo y de rabia, que únicamente los cazadores conocemos.
Se interrumpió para avivar la lumbre de su cigarro.
—¿Habían visto algo? —interrogó Gutiérrez sirviéndose un coñac.
Esta observación alborozó la verbosidad de don Gregorio.
—¡Pues ya lo creo! ¡Atienda usted!... Le digo a Bustin: «Prepara la escopeta y no te muevas ni dejes de mirar hacia allí». Y le señalo una especie de trocha oscura sembrada de aznachos y retamas que a la izquierda se parecía. Yo avancé con mucho cuidado, porque el sitio era profundo y estaba orientado de modo que había en él poca luz. Ignoro lo que pasó entonces; todavía no he podido explicármelo. Los ladridos, si bien iban acercándose, sonaban lejos aún; y, sin embargo, de pronto oigo un estrépito de breñas y de jarales rotos y por entre el escobo aparece un jabalí que llegaba rebudiando y con los ojos encendidos como ascuas. Apenas había visto a la fiera cuando ya la tenía encima, a cinco o seis metros delante de mí. ¿Cómo escapar? Bustin, el pobre, disparó su escopeta, pero con el miedo de herirme apuntó alto. ¡Señores, puedo jurarles que, desde aquel día, conozco la cara que tiene la muerte!... En trances tales, los hombres deben jugarse el todo por el todo: yo soy de esos. ¿Qué hago entonces?... Tiro mi escopeta, que ya para nada me servía, hinco una rodilla en tierra y con el cuchillo de monte en la mano espero al jabalí. La fiera, que venía mordida por los perros y estaba furiosa, me acomete, pero, así, en línea recta, como un toro; yo ladeo un poco el cuerpo, lo indispensable para que sus colmillos no me toquen, y la clavo el cuchillo hasta el corazón. Fue, modestia aparte, un golpe de maestro. Recuerdo que el animal se quedó parado unos instantes, y luego empezó a temblar y cayó al suelo.
—¿Hecho una pelota? —preguntó irónicamente Gutiérrez.
—¡Sí, señor, hecho una pelota! ¡Esa es la frase! «Hecho una pelota»... ¿Qué le parece a usted? ¿O no lo cree?... Pues debía usted creerlo, como yo creo que en la oficina de Correos, administrada por usted, no se pierde ninguna carta.
El enfurecido gesto del médico y la acritud venenosa de su réplica intimidaron a Gutiérrez.
—Pero, hombre, no sea usted terrible; yo no he querido molestarle; todo fue broma...
La lluvia había acelerado la brevedad otoñal del crepúsculo, y la noche llegó bruscamente. Don Cándido cerró las maderas de las ventanas y encendió la lámpara: una muy vieja de petróleo, suspendida del techo por una cadena que cubrieron de mugre las moscas, el polvo y el tiempo. En la atmósfera tórrida de la habitación, trastornados por los vapores del alcohol y del tabaco, los semblantes mostrábanse congestionados y llenaban los ojos fosforescencias extrañas. La tertulia continuó: Gutiérrez no tenía nada urgente que hacer; el notario y Julio Cenén, tampoco; Hernández, por su parte, había resuelto no visitar aquel día a ningún enfermo. Don Cándido mandó traer pasteles, que aportaron a la reunión un nuevo y agradable aliciente. En cuanto a don Higinio, hasta las ocho, hora de cenar, no tenía prisa.
La conversación devanábase tenaz, inagotable, alrededor de los mismos temas: Cenén sacó a relucir por segunda vez la historia de sus amoríos con la titiritera; don Gregorio comentaba sus cacerías; Arribas explicaba a Gutiérrez las proezas por él realizadas en Santiago de Cuba.
Perea, al que la bebida había amodorrado un poco, les observaba en silencio. No obstante, conservaba la lucidez necesaria para comprender que mucha parte de cuanto sus amigos estaban refiriendo era mentira. Los heroísmos del notario, como la pelea cuerpo a cuerpo de don Gregorio con el jabalí, como la conquista y amoroso cautiverio de la Debreuil, se parecían en tener igual fondo de oscuridad y aislamiento: nadie había visto a Arribas acuchillar cubanos, ni a don Gregorio matar lobos ni jabalíes a brazo partido; nadie, tampoco, podía atestiguar que la señorita Debreuil hubiese tenido nunca la condescendencia de sentarse sobre las rodillas del secretario del Ayuntamiento. Todos estos eran combates sin brillo ni fanfarria, éxitos misteriosos obtenidos a puerta cerrada o en lugares remotos o ante personas que —¡oh, sospechosa casualidad!— ya habían muerto.
Y, sin embargo, reflexionaba don Higinio mientras se servía otro coñac, él y Gutiérrez y el excelente don Cándido, que no hablaban recelosos quizás de mentir, hallábanse oscurecidos por aquellos tres elocuentes y desvergonzados embusteros. Probablemente, ni el médico creía a Cenén, ni este a don Gregorio, ni el notario daba fe a ninguno de los dos, ni era, a su vez, tomado en consideración por ellos, lo que no impedía que todos, recíproca y educadamente, se aplaudieran y reverenciasen.
Por primera vez empezaba don Higinio a darse razón exacta de los hondos fundamentos que en el espíritu humano tiene la mentira. Los animales, las plantas, la misma Naturaleza augusta, traicionan, disimulan, encubren la verdad. Miente todo lo que lucha, todo lo que acecha: la zorra, que para huir mejor sabe fingirse muerta; el cocodrilo, que se cubre de lodo y, remedando el llanto de los niños, atrae al caminante; el gato, que para cazar al ratón se oculta tras una cortina; mienten la araña con su inmovilidad; los camaleones astutos, que cambian de color; el oso hormiguero, que engaña a las hormigas con la quietud y dulzura asesina de su lengua; la flor, que cierra sus pétalos si un insecto la roza. Y mienten también el cielo, que parece azul y no es azul; el agua del mar, que siendo incolora se viste de verde; la tierra, que mostrándose llana es redonda; y el sol, que no se mueve y, sin embargo, parece andar; mienten, en fin, los ojos, donde las imágenes se pintan invertidas... Y, si todo miente, ¿cómo no mentiría el hombre que, amén de pelear contra sus semejantes, necesita librarse y defenderse constantemente del horrible fastidio de sí mismo?...
La mentira rodea al individuo, le ayuda en sus relaciones sociales, en sus investigaciones científicas, y al mismo tiempo que le estimula al trabajo le encanta. Es una hechicera, un perfume de la creación. La mentira invade lo más augusto, piruetea en los espacios inexplorables, ríe detrás del átomo, amenaza en el enigma de las bacterias, late en los millares de sentimientos indecisos, torvos, criminales tal vez, que no consigue esclarecer la conciencia. Es el porvenir, es también la historia. A la mentira exterior otra mentira, reflejo de aquella, responde en nosotros y a su vez proyecta sobre el mundo objetivo su perfil; pues ni todas las cosas existen según las vemos, ni los sentimientos que andan por nuestro espíritu son como la crédula conciencia los imagina, ni su naturaleza es tan abstracta que deje de influir en el ulterior funcionamiento de los sentidos. De todo lo cual se deduce que el hombre, especialmente en achaques amorosos, unas veces percibe las cosas como son y otras según su deseo quisiera que fuesen.