Chapter 18 of 28 · 4000 words · ~20 min read

Part 18

El falso héroe de la Grande Jatte estaba asombrado y apenas podía darse cuenta de la vastedad, utilidad doméstica y helénica hermosura de su mentira, y de los pingües beneficios que más adelante pudiese traerle. Muchas mañanas, mientras se vestía, reflexionaba en la absoluta renovación moral producida a su alrededor merced a un sencillo embuste dicho sin pensar; por donde ratificó otra vez su creencia de que poco aprovecha el mérito si no se exterioriza, pues vivimos tan atropelladamente y atención tan exigua dedicamos al examen de nuestros juicios, que raras veces descendemos a su entraña; y así, mayor cuidado debe poner el hombre en aparentar lo que quisiera ser, que en serlo realmente. Como el añil se deshace en el agua, de igual manera la personalidad del individuo va desdibujándose y disolviéndose en la gran superchería del alma colectiva, hasta llegar un instante en que el eco se impone a la voz y la imagen tiene más fuerza que el cuerpo que la proyecta: del hombre solo restará entonces lo que quiera ver la muchedumbre; su conciencia, su voluntad, su historia, todo cuanto de más sustantivo hubo en él, merced a un maravilloso juego de escamoteo moral, se habrá hecho opinión.

A falta de negocios de mayor riesgo, don Higinio Perea se dedicó ardientemente al perfeccionamiento y cautelosa difusión de su falacia. Era un quehacer inocente que le distraía a la vez que, por momentos, iba rodeándole de mejor bienestar. El ambiente lugareño facilitaba su tarea: al principio su embuste había corrido de casa en casa solapadamente, como asustado de su misma gravedad; pero tan pronto fue del dominio público, cuando reaccionó triunfante y apoderándose de don Higinio le aupó y adornó su cabeza con un nimbo glorioso. Perea, que empezó a mentir en la oscuridad de una rebotica, hallose de improviso arrebatado y transportado a la luz por su propia mentira; gracias a la chismosa amistad de todos, su invención habíase convertido para él en clarín, en tambor, en claridad vivísima. ¿Cómo detener aquel movimiento?... Y el héroe, asustado, deslumbrado, sonriendo unas veces, inquieto otras por las proporciones crecientes de su obra, dejose llevar. ¿Acaso puede nadie, ni siquiera el mismo instigador o causante de un movimiento, oponerse después a la inercia arrolladora de la opinión ajena?...

Ciñéndose discretamente a las circunstancias, don Higinio siguió cultivando su fraude, y pasmaba la multiplicidad e inexhausta riqueza de sus frases, expresiones de rostro y ademanes, según los años, condición intelectual y rústica credulidad de las personas a quienes embaucaba. El amante de Leopoldina, ora por gusto, ya por necesidad, porque el ambiente le obligaba a ello, iba dedicando su vida a su mentira, como el artista que aplica todo el esfuerzo de su existencia a una sola y suprema obra de arte; la llevaba en el centro de su conciencia, como base o punto de gravedad de su espíritu, y eran admirables la apretada lógica y la ardiente variedad de recursos que empleaba en su paramento, defensa y custodia.

En los epilépticos, histéricos, embusteros y visionarios, la introspección es defectuosa, y la ciencia advierte discontinuidades en el funcionamiento intelectual, faltas de centralización psíquica, incoherencias de carácter, motivadas por ausencias de coordinación o sistematización entre los dinamismos voluntarios y los pensantes. El cerebro de los neurasténicos, dicen los médicos, hecho está de montañas y de valles. Pero ninguno de tales síntomas rizaban dañinamente el alma equilibrada y burguesa de Perea: él nunca fue embustero; él, casualmente, solo mintió una vez, y aquella mentira, perfectamente fundamentada y dispuesta, pulida y maravillosamente fortificada por los trampantojos arteros del tiempo y de la opinión, llegó a ser una verdadera obra de arte y a tener la compacta reciedumbre de la vida de su propio inventor.

Imponiéndola al crédulo vecindario de Serranillas, Perea realizaba aquel principio estético del poeta Oscar Wilde, para quien no es la Naturaleza, como dice Taine, la que produce el arte, sino este quien, con su pasmosa virtualidad creadora, modifica la Naturaleza y la revela a los hombres. Don Higinio ideó y planeó su mentira, lo mismo que Rembrandt imaginó y concertó su famosa _Lección de Anatomía_. Y hecho esto, fue simultaneando con su labor admirable y jamás concluida de autor, otra faena no menos artística, pertinaz y sorprendente de comediante, pues de su farsa solo él podía ser intérprete, y la realizaba fríamente, «viéndose» a todas horas para no incurrir en exceso de sinceridad, según los maestros del teatro aconsejan que debe hacerse.

Ni por casualidad se producían en el heroico burlador de la señora Leopoldina aquellos fenómenos —parpadeo, ligero temblor de las fosas nasales, palidez del rostro y de los labios, vacilaciones en la voz— que los médicos consignaron en el cuadro sintomático de la mentira. Había llegado a dominar su invención a fuerza de madurarla y burilarla, y en cualquiera de las síntesis que de ella hacía, la prolija y artificiosa concurrencia de imágenes era instantánea.

En la complicadísima psicología humana todas las expresiones y todos los gestos, según las circunstancias en que se producen, pueden llevarse admirablemente al servicio de la misma mentira: la indignación, el entusiasmo, el rubor, el desdén, la carcajada, los mohines de la reflexión, del arrepentimiento o del honor ofendido; la frase que afirmando miente y el silencio que, precisamente por no decir nada, miente también; los párpados entornándose como para disimular el sobresalto de una traición, y el suspiro o el alzamiento de hombros que pueden aludir al recuerdo de algo dañino que nubla la conciencia; la oración inconclusa, la sonrisa disimulada, el suspiro, la lágrima, el acceso de tos... cada uno de esos millares de inextricables ademanes o matices de pensamiento que llenan una conversación, ¿no constituye otros tantos escondrijos, vericuetos, quebradas, atajos, cuevas y laberintos de la gran selva de la mentira?...

Toda esta extensísima gama de expresiones la pulsaba don Higinio con rara maestría, y, según la calidad de su interlocutor, era ingenuo o malicioso, exagerado o reservón, fatuo o modesto. Al principio y dirigiéndose a individuos de su edad, su conversación y sus ademanes eran vehementes, hiperbólicos, pues siempre tiene lo superlativo algo caliente que deslumbra y arrastra; después modificó su táctica, especialmente si su auditorio lo componía gente joven, inexperta y fácil al engaño; entonces adoptaba un gesto cansino de hombre triste y hastiado, que vivió mucho y siente miedo a sus recuerdos. Y entre ambos extremos, todas las muecas, todas las piruetas, todos los guiños incontables, bufos o tristes, del embuste.

En los momentos de más íntima expansión amistosa, también refería la burleta de madame Berta, sus relaciones con Enriqueta y hasta su desventura del tren, pues todo no había de ser heroico en su vida, y para un hombre capaz, como él, de matar a otro, una bofetada de mujer no tiene importancia.

Perea consagraba su vida a su invención, y en ella su actividad se detenía y de allí sacaba generosos tesoros de distracción y buen humor: ya podía ver la petaca de Cenén, o los zapatos con que anduvo por París y que guardados tenía como reliquia, y oír la pianola del notario, o la motocicleta de don Justo latiendo como un corazón a lo largo de los caminos, que nada conseguiría entristecerle; su engaño bastaba a su alegría, y lo defendía y propagaba cual si en él su destino se hubiese hecho carne. Nada le fatigaba; una y dos y muchas veces refería sus aventuras de París, y siempre hacíalo con habilidad suave y ladina o con invasor entusiasmo; aquella invención, tantas veces repetida, era como un libro maestro cuyo autor fuese leyéndolo de casa en casa.

Un domingo muy de mañana estaba don Higinio desayunándose cuando aparecieron en el comedor doña Emilia y su hermana vestidas con flamantes hábitos de nuestra Señora del Carmen. Viendo a su cuñada quedose suspenso y sin mascar el picatoste, mojado en chocolate, que acababa de meterse en la boca. Teresita se ruborizó; también ella, la pobre doncellona, en quien el miedo instintivo a los hombres sanguinarios y violadores crecía con los años, hizo voto de vestir así toda su vida. Perea dio un puñetazo sobre la mesa.

—Pero, ¿es que habéis adelantado el Carnaval? ¿Qué dirá el pueblo? ¿No comprendéis que van a burlarse de vosotras?...

Las hallaba más pequeñas y redondas con aquellos trajes de estameña parda sin otro adorno que un cinturón, sus cabellos partidos devotamente sobre la frente, sus manos cruzadas a la altura del vientre y sosteniendo un rosario y un libro de oraciones. Tras una pausa la misma ingenuidad primitiva de las dos figuras aplacó la cólera de don Higinio, quien se alzó de hombros, contuvo una sonrisa y siguió comiendo. Realmente, a él nada de aquello debía importarle.

—¡Allá vosotras! —exclamó—. ¡Por mí!... todo eso son pesetas que me ahorro de dar a la modista...

La entrada de doña Emilia y de Teresita en la iglesia causó una impresión que no tardó en divulgarse por todos los ámbitos de Serranillas; el mismo don Tomás, que en tal momento subía al púlpito apoyándose en su bastón de muletilla, no pudo abstenerse de mirarlas. ¿A qué poderoso motivo obedecería aquel severo cambio de indumentaria?... Durante la tarde la noticia, reverdecida y comentada prolijamente, revoló de tertulia en tertulia. Nadie comprendía aquella explosión de misticismo, y menos en doña Emilia, que siempre fue aficionada a vestir bien. ¿Qué haría entonces de los trajes, uno de pañete azul y otro de seda color gris, que últimamente recibió de Ciudad Real?... Y el magnífico abrigo que su marido la compró en París y aún estaba nuevecito, ¿seguiría usándolo?... Un hábito tan triste como el de Nuestra Señora del Carmen solo se ofrece a propósito de un viaje a Ultramar o en acción de gracias al cielo por habernos liberado de alguna terrible enfermedad o extremado accidente. Pero a los Perea nada ostensiblemente adverso les había ocurrido; su desgracia, por tanto, suponiendo que hubiesen padecido alguna, constituía algo íntimo, enigmático, cuyo misterio exasperaba duramente la curiosidad general. Hubo quien aseguró que doña Emilia había ofrecido vestir así porque, a pesar de sus años, deseaba tener otro hijo...

Para regocijo y sosiego del vecindario no tardó en saberse la verdad, que doña Emilia y Teresita descubrieron a la señora de Hernández, y esta, a su vez, reveló a sus amigas. La mujer y la cuñada de Perea habían hecho formal promesa de llevar mientras viviesen el hábito del Carmen, porque eran católicas ejemplares y querían desagraviar a Dios de lo mucho que don Higinio le ofendió el tiempo que estuvo en París; lavar en lo posible su alma de los terribles pecados que la manchaban, y pedir la salvación del holandés y de la italiana del hotel de los Alpes, los cuales, tanto por su lamentable fin como por el olor de protestantismo en que vivieron, debían de hallarse en el otro mundo bastante mal mirados. Y apenas el pueblo supo esto, cuando los juicios más halagüeños descendieron, como lluvia de bendición, sobre las dos hermanas. A don Higinio, como a todos los pícaros, le sobraba la suerte. ¿Quién, si no él, después de lo hecho, dispondría para la asistencia y redención de su alma de dos mujeres tan buenas, humildes y gratas a los ojos del Creador, como su esposa y su cuñada?...

El mismo don Tomás, que conocía las torcidas andanzas del héroe, se sintió conmovido y le señaló la oportunidad de aligerar un poco ante el confesionario la grave carga de sus culpas.

—No tenga usted miedo en venir a mí —había dicho el cura—; no olvide que la misericordia de Nuestro Señor es tan grande que alcanzó a San Pablo. Conviene, sin embargo, no ofenderle con nuestro desdén: yo estoy cierto de que a los divinos ojos ha de ser más agradable la confesión que hacemos libremente y en estado de plena salud, que aquella arrancada a última hora a nuestro orgullo por el miedo a la muerte.

A las sentadas razones de su amigo, don Higinio contestó bromeando: él había viajado y leído bastante y tenía «sus ideas»; y aunque sus entrañas eran tan mansas y católicas como las de su padre y su abuelo, no podía sustraerse en absoluto al espíritu descreído del siglo. Reía y le daba a Murillo irónicos golpecitos en la espalda.

—¡Y, sobre todo, amigo don Tomás!... ¡Caramba!... No tome usted la cuestión tan a pecho; ¡yo, francamente, no pienso morirme todavía!...

Desde que en Serranillas empezó a susurrarse el novelesco empeño de galantería y bravura sostenido por don Higinio en París, la opinión había evolucionado muchas veces alrededor del héroe de la Grande Jatte, y tan pronto le acusaba del doble delito de adulterio y homicidio, como reaccionaba bondadosamente hallando en sus mismas bizarría y fortuna disculpa para su falta. De algo de esto estaba informado Perea, mas nunca hubiese llegado a maliciar los extraordinarios apasionamientos que su figura sugería. Una noche, por causa suya, en la taberna de _Tocinico_, dos mineros anduvieron a bofetadas, y de entusiasmo semejante participaban todos. Para la minoría sensata, don Higinio era una mala persona: nadie debe poner los ojos en la mujer del vecino, por muy fácil, libre y hermosa que parezca, y menos a la edad y en la situación de Perea, casado y con hijos. ¡Lástima de bala que le traspasó sin apenas dañarle!... Hubiérale entrado un poco más arriba y a la izquierda, allí donde late el corazón, y no se hubiese perdido nada. Contra este juicio severísimo alzábase el parecer de la mayoría, especialmente el de las mujeres, retardatarias y crueles. Don Higinio, al verse solicitado por la italiana del hotel de los Alpes, aceptó la aventura como cualquier hombre, colocado en su situación, habría hecho. Si el holandés no llega a enterarse del engaño, el lance no acarrea consecuencias peores; pero lo supo, buscó a su rival, le desafió, y este, matándole, se limitó a cumplir con el natural instinto de conservación. Nada hizo el valeroso Perea que le arrebatase la estimación de sus conterráneos; antes se comportó bizarramente, según todo caballero debe conducirse, tanto si alguna dama bella y levantada de cascos le persigue, como si un hombre, aunque sea esposo ofendido, le reta y provoca. Don Higinio había observado en el transcurso de aquel lamentable enredo una actitud enérgica, pero pasiva: él no anduvo enamorando a la italiana ni buscó camorra al holandés; muy al contrario, fue él quien, por artes dañinas del diablo hallose seducido primero y amenazado de muerte después. En ambos casos, así cuando galán aceptó las caricias, como cuando luego, fieramente, rechazó el peligro, ¿no se mantuvo dentro de los límites de lo estrictamente humano? Cierto que pudo decir a Leopoldina: «Señora, déjeme usted en paz; usted pertenece a su marido y no debe pensar en otro hombre...». Con cuyo saludable consejo el drama de la Grande Jatte no hubiese ocurrido. Mas ¿cómo pedir a don Higinio, joven todavía y aventurero, la reflexión severa y la templanza eremítica de que solo varones contadísimos fueron capaces?...

Esta cuestión, llevada y traída de boca en boca largo tiempo, se anticuó; los cinco o seis años que pasaron lentos sobre ella la infundieron cierto prestigio; era algo que por razones diversas hallábase ligado a muchas personas y pertenecía a la historia de Serranillas. La mentira de Perea, fortalecida por el tiempo y la opinión, se convirtió en realidad, en hecho inconcuso y sabidísimo. Para sus contemporáneos, don Higinio había sido una mala cabeza, un verdadero hombre de historia, de cuya agitada vida íntima solo se conocía lo que él buenamente quiso contar; para los jóvenes, don Higinio, a pesar de su figura maciza y grotesca, era «Don Juan»; la leyenda que pasa embozada en una capa roja y con ruido de espuelas; y todos, reservándose el derecho de imitarle alguna vez, se envanecían de que Serranillas hubiese servido de cuna a un temperamento así.

Con el ilusionista filar del tiempo, el drama de amor comenzado en el hotel de los Alpes y desenlazado a tiros y cuchilladas en una isla del Sena, iba perdiendo sus contornos primitivos: se emborronaron muchos detalles, algunos pormenores quedaron preteridos y fueron reemplazados por otros que añadía la suelta imaginación de los comentaristas; y al cabo de todo aquello solo quedó flotando en el ambiente un perfume de aventura, un aroma romántico que era la síntesis del vario y esforzado vivir de don Higinio. Como de muchos insignes autores clásicos a quienes el vulgo cita, pondera y no conoce, así de la historia de Perea subsistía únicamente, semejante a una estela, una fragancia de amores y de arriesgados empeños. Ya nadie le discutía, y la cristiana promesa que su mujer y su cuñada hicieron de vestir siempre de hábito añadió nuevas hojas de mirto y de laurel a la recia corona de sus prestigios. A través de los años, su mentira, galana y audaz como un gesto del caballero Casanova, repetía la vida perdurable y esclarecida de las obras de arte. Los hombres le respetaban y si hablaban de amores recurrían a su experiencia; muchas mujeres detenían en él una mirada sentimental; en la calle los mozos le saludaban como a maestro y le cedían la acera.

Una tarde, al salir del Casino, el sobrino de Arribas le saludó; don Higinio, que le quería bien, se alegró de verle.

—¿Dónde te metes, muchacho? A tu tío le he preguntado muchas veces por ti.

Diego suspiró; vestía pobretonamente y bajo su sombrerito hongo su rostro aparecía más lacio, desanimado y amarillo que nunca.

—Desgracias que le suceden a los hombres, señor Perea —repuso.

—¿Desgracias?... Cuéntame. Yo voy hacia mi casa; puedes acompañarme si no tienes que hacer.

—Con mucho gusto...

Caminaron lentamente por las calles solitarias llenas de bruma. Don Higinio, importante, egoísta y gordiflón, ocupaba la acera; Diego iba por el regajo, tropezando unas veces, resbalando otras sobre las piedras húmedas; indudablemente, las viejas botas que calzaba no eran suyas y le torturaban los pies. Mientras seguía hablando, un deseo punzante de confesión exaltaba su alma solitaria, acosada y despedida de todas partes por la opinión del pueblo: él no era pícaro ni tonto, pero acabaría en tonto y en pícaro, porque la gente se había empeñado en decirlo, y cada cual es lo que sus semejantes le permiten ser...

A estas discretas meditaciones, Perea respondía con graves movimientos afirmativos de cabeza. La situación moral de su interlocutor se parecía extraordinariamente a la suya: su heroísmo, como las malas artes del pobre Diego, eran arbitrariedades fatales, incorregibles, de la opinión.

—Es cierto que me gusta jugar —prosiguió Diego— y que pierdo casi siempre. Pero sea usted imparcial, don Higinio de mi alma, y dígame lo que su buen criterio le aconseje: ¿Cree usted que merece perdón de Dios lo que la familia de mi mujer hace conmigo?...

Sus labios se plegaron hacia abajo y sus ojos azules y pacíficos se afligieron tanto que Perea pensó que Diego iba a echarse a llorar. Verdaderamente, al pobre le sobraban razones para desesperarse. De nada le valía ser casado y padre de dos criaturas: su suegro le había echado a la calle casi a pescozones y recogido a su hija y a sus nietos; para mayor desdicha, su mujer no quería saber de él; ¡ni siquiera le permitían ver a sus hijos!...

—¡Este día cuatro hará dos meses que no les doy un beso! ¡¡Dos meses!!...

Su pena rompió en llanto amarguísimo, y como iba aturdido tropezó y metió un pie en un charco de agua. Perea tuvo clemencia de él y cogiéndole de un brazo le ayudó a subir a la acera. Diego se lo agradeció:

—Muchas gracias, don Higinio... Déjeme usted... Si yo lo que debía hacer era morirme...

Prosiguió desahogándose:

—¡No soy tan malo, no, señor... no soy tan malo, ni tan sandio, ni tan inútil!... ¡Es que la gente lo dice!... Julio Cenén, por ejemplo, ¿no es peor que yo? Él juega, bebe y tiene queridas... Y, sin embargo, su mujer se aguanta. ¿Por qué no se conforma la mía?... Pero las tres o cuatro veces que me han dejado hablar con ella me ha dicho: «Yo no vivo con un pillete». Eso lo ha aprendido de su padre, porque a ella no se le ocurre, ella es buena. Y mi suegro, el día en que me echó a la calle, me decía: «¿Tú crees que voy a darle mi hija a un granuja?». Y yo, don Higinio, ¿qué hago? ¡Aquí tiene usted un hombre de veintiocho años perdido!... Mi madre, la pobre, ya sabe usted, ¡gracias que pueda ir saliendo adelante con la cacharrería!... Allí duermo y es bastante. Y en mi tío no hay que pensar. Cuando fui a contarle mis desgracias se encogió de hombros: «Todo eso —me dijo— te sucede por pillo y por tonto...». ¿Qué le parece a usted el consuelo?... Y no puedo reñir con él porque perdería los cinco reales que gano en la notaría. ¿Y eso?... ¡Darme cinco reales con los miles de duros que tiene!... Y así estoy: sin ganas de vestirme ni de ir a ninguna parte...

Hubo un largo silencio; la respiración anhelante de Diego era la del hombre que acaba de quitarse de encima un gran peso; don Higinio parecía meditar. Al cabo, el héroe de la Grande Jatte, insinuó una protesta.

—¿Y tu suegro hasta cuándo se propone mantener esa actitud? Él no tiene derecho a despedirte como a criado; máxime que no es de su casa, sino de la tuya propia, de tu casa de marido y de padre, de donde te echa. La ley te ampara; todos los derechos más inviolables están de tu parte; tu mujer te debe obediencia absoluta, y si tú sabes amarrarte bien los pantalones tu suegro tendrá que callarse.

Diego hizo un mohín de duda.

—Mi suegro no es que me aborrezca, precisamente; pero me ha dicho: «Hasta que yo no sepa que has dejado los naipes y que ganas lo necesario para sostener a tu familia, no te presentes por aquí». ¿Usted comprende?... En el fondo tiene razón; yo de todo me doy cuenta. Y con mi suegro no se puede jugar; yo voy diciéndole que si el código..., y que si la ley..., y que si no me devuelve a mi mujer y a mis hijos voy a llevarle a los tribunales... y me da un puñetazo que... Vamos..., ¡hay que conocerle!...

Esta confesión cobarde inflamó la belicosa sangre de don Higinio.

—Entonces —gritó con voz tonante—, no te quejes a nadie; en la vida, lo que no puede conseguirse con buenas razones se obtiene a puñaladas. ¡Ya lo sabes!...

Se detuvo porque habían llegado a su casa. Las mejillas del amante de Leopoldina echaban fuego; parecía defender algo suyo y su gesto era magnánimo y valiente. Se arregló la corbata, se estiró los puños de la camisa...

—¡Bah! —añadió—. Si a mí me hacen la mitad..., ¡fíjate bien!, nada más que la mitad de lo que te han hecho a ti..., ¡arde el pueblo!...

El pobre Diego bajó los ojos, empavorecido ante el ademán matasiete y las furibundas voces de Perea:

—Don Higinio, usted... ya sabemos quién es usted y de lo mucho que es capaz...; pero todos no somos iguales...

Perea, muy excitado, le interrumpió:

—¡Te digo que arde el pueblo, hombre; y arde la iglesia... y la provincia!... ¡Lo juro!....

Y poniendo los dedos índice y pulgar de su mano derecha en cruz los besó vehemente. En seguida se despidieron.

—Adiós, Dieguito; si algo se te ofrece, ya sabes...

—Adiós, don Higinio... y muchas gracias...

El sobrino del notario siguió calle abajo, asombrado de la fiereza y sanguinarios procedimientos de Perea, y don Higinio entró en su casa taconeando. Su mujer, que había estado atisbándole por una ventana, le preguntó:

—¿Ese que hablaba contigo es Diego, el sobrino de Arribas?

—El mismo.

—¿Qué quería?

—Nada; venía contándome que su suegro le ha quitado su mujer y sus hijas, y le ha echado a la calle. ¡Y él, tan manso!