Part 11
—Sí, señor, se pregunta. ¿Dónde va usted, perillán?...
—A ver a la Debreuil.
—¿Solo?
—Completamente solo; es decir...
Con hipocresía discreta enseñó a sus amigos un billete de cien pesetas que llevaba en la cartera.
—¿Eh, amigo Perea, a usted que ha corrido mundo, qué le parece mi plan?
Luego, bajando la voz, los ojos relucientes de picardía:
—Voy a traducir mi pasión al Esperanto; esta vez creo que la señorita Liana y yo nos entenderemos.
Como el bien ajeno aflige tanto, a don Higinio y a don Gregorio las palabras del secretario les dejó tristes. Largo rato caminaron preocupados, en el silencio de las calles blancas, llenas de luna. Al fin, habló don Gregorio: los sanguíneos son impacientes.
—¿Cree usted que conseguirá algo?
Don Higinio hizo un gesto ambiguo; un mohín prudente de hombre mundano que ha visto muchas veces cómo lo que parecía imposible, el azar en un santiamén lo allana y resuelve.
—Nadie sabe...
El médico afirmaba egoísta.
—¡Bah! Me parece que no.
—Sin embargo, ese Cenén es un diablo.
—¡Por muy diablo que sea! Yo le aseguro a usted que no consigue nada. Él hará lo posible..., ¡eso sí! Ya le conocemos; pero la francesita le sacará el dinero, se divertirá a su costa unos días, y luego... ¡la del humo!... ¡Buenas son las francesas! ¡Tías más interesadotas nadie las vio!... ¡Es decir, a quién voy a contárselo!... Usted ya las conoce...
Perea sonreía y bajaba los párpados, cual si en la lengua llevase alguna anécdota galante y sabrosa y no osara contarla.
—Sin embargo —dijo lentamente, con la parsimonia de quien va leyendo en su experiencia—, esas mujeres de teatro suelen tener caprichos...
—¡No me hable usted de ellas! Son unas pécoras. Yo no he tenido comercio con ninguna, pero lo sé por mis amigos de Ciudad Real. ¡Ya lo dice el pueblo! La carne de teatro, cara y mala.
—¡Cara, sí, es cierto!
—¡Y mala, don Higinio!...
—Mala no, don Gregorio.
—¡Sí, señor, mala! ¡Muy mala! ¡Canastos!... ¡Se lo dice a usted un médico!
Pero don Higinio no cedía; instintivamente se apasionaba por las artistas, no quería que se las ofendiese; el odio burgués que Hernández manifestaba hacia las amables servidoras de la farándula enardecía su ánimo; defendiéndolas parecíale defender algo suyo. Su actitud fue tan resuelta que el médico cedió un poco.
—Bueno, no se encrespe usted así. ¡Caramba, Perea! Bien se conoce que habla en usted el agradecimiento. No obstante su opinión, yo sigo en mis trece y... ¡al tiempo! Estoy seguro de que Cenén, que en el fondo es un chiquillo, no consigue nada.
Era media noche cuando se despidieron. En la oscuridad, al lado opuesto de la plaza, el globo rojo de la botica de don Cándido tenía la expresión de una mirada.
—Hasta mañana, amigo Perea.
—Hasta mañana, don Gregorio.
Cuando don Higinio, andando de puntillas, llegó a su cuarto, fue interpelado agriamente por doña Emilia:
—¿Qué hora es?...
—Aproximadamente las doce y media.
—No mientas, estoy sin dormir hace dos horas. Ahora son la una y media.
—No, mujer...
—Si, señor. Antes oí: ¡tan!... la una. Y antes había oído otra campanada: ¡tan!... las doce y media. ¿Crees que soy tonta?...
Perea repuso flemático:
—Si deseas convencerte de tu engaño levántate y mira el reloj.
—No me hace falta. ¡Yo quisiera saber qué motivos te retienen por ahí hasta estas horas, las menos oportunas para que estén fuera de sus casas las personas decentes!
Don Higinio se había quitado la americana y el chaleco, que a tientas colocó abiertos sobre el respaldo de una silla, para que los sobacos se aireasen y secasen. La rolliza y encolerizada señora se removía en el lecho con un áspero roce de sábanas.
—¿Te diviertes mucho en el circo?... Como ahora, al cabo de los años, hemos descubierto que te mueres por las francesas. ¡Dichoso París, dichoso viajecito a París, dichosa lotería!...
Perea, que se acordaba de su cuartito del hotel de los Alpes, lanzó un suspiro tan hondo, tan huracanado, como el aliento de un gigante. Ella lo glosó agresiva:
—¡Sí, te entiendo, ya puedes suspirar! Afortunadamente esas bribonas se marchan de aquí el domingo. Hacen bien; de no irse, entre yo y unas cuantas íbamos a arrastrarlas por las calles del pelo.
Don Higinio, que acababa de perder un botón, empezó a buscar por la pared la llavecita de la luz.
—No enciendas —ordenó doña Emilia—, me duelen los ojos.
Perea concluyó de desnudarse a oscuras.
Otra noche el secretario del Ayuntamiento, tras un ocultamiento de dos días, reapareció en el Casino con aires de misterio y de triunfo. Sus amigos le interrogaban sonrientes, y él a todos contestaba en voz baja y pasándoles un brazo por el hombro. En la sala del billar, don Higinio, el notario y el médico, oyeron de labios de don Cándido lo sucedido. Julio Cenén se hallaba en relaciones con la titiritera: él lo decía, daba detalles; además, varias personas le habían visto.
—¡No lo creo! —interrumpió don Gregorio.
El boticario insistió; era un casado pacífico a quien no irritaban los éxitos amorosos del prójimo.
—No lo dude usted, Hernández; anoche mismo, ya tarde, estaban cenando en la fonda.
Perea observó vengativo:
—¿No se lo dije a usted, don Gregorio? Pero usted no quiso creerme: las artistas son muy caprichosas.
—¡Caprichos!... Entendámonos, porque esa mujer no querrá a Cenén por su cara linda, buscará su dinero...
—También es posible —replicó Perea—: la mujer de teatro es cara.
—Y mala, don Higinio.
—Mala no, don Gregorio; no sea usted tozudo. Ni malas, ni sucias, ni feas, hablo en general. ¿No dirá usted que la Debreuil es fea?...
Los omoplatos del médico tuvieron un encogimiento de supremo desdén:
—¡Bah!... Total, ¿qué?... Una saltimbanqui al alcance de todo el mundo.
Para distraer su envidia fue a sentarse a la mesa donde sus compañeros de tresillo le esperaban. Don Higinio y el notario continuaron informándose por don Cándido de la aventura de Cenén.
—¿Pero la francesita va a quedarse en Serranillas? —exclamó Arribas.
—No la juzgo tan loca.
—¡Naturalmente! Cenén carece de recursos para mantenerla.
Perea sonreía, atónito del buen atrevimiento, donaire y fortuna del secretario. Preguntó:
—¿Sabe algo la mujer de Julio?
—Lo sabe todo; nada había sucedido aún cuando ya fueron a contárselo. Pero, ¿qué hará la pobre?... ¡Aguantarse! ¡Ya sabemos cómo es él!...
El pasmo que despertaron estos pormenores en el alma ecuánime de don Higinio, pronto se fundió y deshizo en melancolía. Al principio, la mortificación de amor propio que sufriera don Gregorio le regocijó malévolamente; luego, él mismo y por idéntica causa, fue amustiándose. ¡Qué fortuna la de Cenén! Perea estaba seguro de no cederle en conversación y don de gentes y de aventajarle en dinero, respetabilidad y costumbre de hablar con francesas, que para algo había estado en París y conocido a la señorita Enriqueta. Y, sin embargo, él nunca hubiera sido capaz de acercarse a la Debreuil, mostrarla un billete de veinte duros y llevársela a cenar. Para esto hacía falta despreocupación, alegría desvergonzada, frescura de espíritu, y no tener una mujer como la suya.
«¡Yo quisiera verle con Emilia!» —pensaba, consolándose.
Las relaciones de Julio Cenén con la señorita de Perpignan habían dado a la figurilla desmedrada y simpática del secretario un prestigio galán. Su popularidad creció. Todas las simpatías femeninas estaban de su parte, porque era el hombre más pintoresco del pueblo y el único capaz de requebrar a las esposas de sus amigos. Él explotaba bien su éxito. Ni una noche faltaba al circo y las mujeres que le veían pasar desde sus ventanas le advertían mejor afeitado y vestido con mayor pulcritud que antes. Cuando Liana Debreuil salía a la pista, sonrientes los labios impúdicos, los brazos en alto, el cuerpo mollar y felino perfectamente modelado y como desnudo bajo sus mallas, la muchedumbre miraba a Cenén. Ella saludaba al público con reverencias y piruetas de bailarina, y al tenderse en la alfombrilla pecho arriba, las piernas en flexión, las manos cruzadas bajo la nuca, velaba los ojos perversamente cual si el recuerdo del enamorado secretario la rozase los senos. Julio Cenén, triunfante, envidiado, faunesco, reía dichoso, como sobre un pedestal, entre un grupo de amigos.
En la noche del domingo hubo función extraordinaria, y, terminado el espectáculo, apenas se fue el público, los mismos artistas comenzaron a demoler el circo. Sus martillazos sonaban lúgubremente. En un santiamén quedaron desarmadas las graderías, guardada en largos cajones la tablazón de las paredes y arrollada a un palo, como un telón, la vieja lona que servía de techumbre. Apenas duró tres horas la faena, y al día siguiente, en el primer mixto que iba a Ciudad Real y pasaba por Serranillas a las siete y minutos de la mañana, salió la compañía con todos sus bagajes. Una gran pesadumbre de silencio, de oscuridad; una pesadumbre de casa vacía, quedó tras ella.
Aquel día don Higinio lo pasó mal. ¿Qué podía importarle que los saltimbanquis se hubiesen ido? Nada, absolutamente; y, sin embargo, estaba triste. Por la noche, después de cenar y sin moverse de la mesa, pidió _El Faro_ y se puso a leer. Leyó el artículo de fondo, los telegramas, el folletín, mientras fumaba bajo la blanca luz tranquila de la lámpara. Los niños se habían acostado. Doña Emilia le interrogó, irónica:
—¿No sales hoy?
—No... ¿Por qué?...
Perea intentaba dar a su voz un acento ingenuo.
Su mujer replicó:
—Me lo figuraba; como se acabó el circo... ¡Anda, que bien nos hemos reído a costa tuya Teresa y yo!... Conocemos tu mala suerte. ¿De modo que andabas bebiendo los vientos por la francesita esa?... ¿La Debreuil, no se llama la Debreuil?... Una noche estuviste hablando con ella lo menos hora y media; me lo han dicho... y te ponías muy colorado... Pero de nada te sirvieron tus conocimientos lingüísticos, porque Julio Cenén, más gracioso que tú y más joven, te la birló en un instante.
Calló, complaciéndose en el profundo amohinamiento y bochorno del esposo. Era su venganza. Luego:
—Francamente; te creía menos apocado. ¡Vamos, que dejarse engañar por un tipejo como ese, raquítico, feo y mal vestido!...
Perea no contestó; siguió leyendo. ¿Para qué replicar? A querer decir la compleja situación de su ánimo, sus penas sin nombre, sus inquietudes, el hondo fastidio que año tras año, según griseaban sus cabellos, fue envolviéndole como una red, hubiera necesitado estar hablando varias horas seguidas; al término de las cuales, ni ella le habría comprendido, ni él, probablemente, hubiese llegado a entenderse a sí propio: tan raro, tan heteróclito, tan ajeno a los trillados carriles de su espíritu era cuanto por su conciencia estaba pasando.
Un accidente acaecido en la mina, la brusca aparición de una vena de agua que anegó varias galerías en el corto espacio de una noche, vino a remover saludablemente el sedentario dinamismo moral de Perea. El ingeniero, informado por los capataces de lo ocurrido, fue a verle antes de amanecer. Urgía buscar remedio al mal; la inundación era tan copiosa que amenazaba el porvenir de la mina. Inmediatamente comenzaron los trabajos de salvamento. Durante varios días doscientos hombres llegados de Almodóvar y de otros pueblos inmediatos, pues en Serranillas había pocos braceros ociosos, divididos en compañías de a cincuenta números, lucharon sin tregua contra la arriada; pero entre todos no bastaban a sacar los metros cúbicos de agua que por la hendidura del manantial salían bullentes y espumosos, y así el nivel de la inundación continuaba subiendo. Ante la gravedad del daño, don Higinio Perea estuvo varias semanas sin desnudarse. Fue necesario telegrafiar a París pidiendo un motor de cuarenta caballos que diese movimiento a una especie de noria que el ingeniero había mandado construir. Simultáneamente, y a pocos metros de la mina, cuadrillas de albañiles comenzaron a levantar con toda diligencia y solidez el edificio donde el motor sería instalado. Más de dos meses duró la obra, y en ellos lo mismo el ingeniero, que los capataces y peones trabajaron con discreción y buena voluntad admirables. El día en que la noria empezó a funcionar y el agua de sus cangilones profundos, de un metro, rodó bulliciosa por un azarbe hacia el Guadamil, fue de júbilo para patronos y obreros. La esperanza volvía a los mineros sin recursos, despedidos del tajo por la inundación. Así todo el vecindario acudió a ver trabajar la máquina, cuyo poderoso bataneo resonaba a más de medio kilómetro; el edificio que ocupaba era sólido y grande, y sus muros bermejos de ladrillo se perfilaban con tan victoriosa ufanía sobre el infinito zafiro del espacio, que hasta los más envidiosos reconocieron la bizarría con que don Higinio, sin favor de nadie, supo hacer frente al desastre, invirtiendo en la nueva maquinaria y en las obras de albañilería a ella anejas un capital. Por suerte, tantos esfuerzos no fueron baldíos; la noria dominó a la vena de agua y la altura de la inundación empezó a decrecer. A la semana siguiente pudo maniobrar el ascensor y algunos mineros descendieron al pozo.
—Ha sido «un gesto» —decía don Cándido, comentando la actitud de su amigo en aquel peligroso fregado—; yo, francamente, no le creía hombre de tanto corazón.
Don Higinio, efectivamente, había demostrado un estoicismo ante el peligro y una generosidad en el remedio que le granjearon la simpatía y respeto de todos, y ello coadyuvó a fomentar cierto inesperado prestigio de bravura y galanía que, nacido nadie sabe cómo, empezaba a nimbar la figura del noble manchego. La leyenda fue desarrollándose insensiblemente en el filar de aquellos cinco años, y la elaboraron el viaje de Perea a Francia, los noventa días que estuvo allí y a través del tiempo se convirtieron en siete u ocho meses; la austeridad, más firme cada vez, de su rostro; la parquedad de su conversación; el hazañoso garbo con que una tarde, hallándose casualmente en la cárcel, dominó un «plante» y obligó a los presos a rendir los garrotes y cuchillos de que estaban provistos; el caballeresco tesón, nacido quizás al calor de amables recuerdos, que siempre empleó en la defensa de las mujeres de teatro; y finalmente, su voz velada y su reservado comedimiento al hablar de París, como si durante su estancia allí le hubiese sucedido algo muy grave. Tales fueron los elementos que la triscadora imaginación popular utilizó para componer su leyenda; una de esas leyendas nobles o pícaras que el alma colectiva impone al individuo, y unas veces le ayudan a medrar y otras le pierden.
Bajo aquella reputación, don Higinio se hallaba bien; reconocíase pacífico, metódico, incapaz de seducir mujeres ni de causar daño a nadie; sabíase esclavo de sus obligaciones, del porvenir de sus hijos, de su propio temperamento, mansejón y apaisado, y, sin embargo, complacíale que el mundo le creyese galán y pronto a los más arriscados extremos. Esta quimerista inclinación de ánimo abunda: millares de hombres, entristecidos por la invencible distancia que separa sus actos de sus ensueños, procuran olvidar su fracaso mostrándose de muy enemiga manera a cómo son. Semejante farsa, no obstante su infantil sencillez, divertía a Perea; sin él precaverlo, aquel breve tiempo que estuvo en París había bastado a impregnar su pobre existencia de una fragancia de aventura: en Serranillas le querían y envidiaban sus ocultos amores, sus éxitos de viajero; era ese algo suave y triste, refinadamente distinguido, que la ingenua juventud prende, como un aroma de jardín, en los cabellos blancos de Don Juan...
«Soy vulgar —pensaba—; tan vulgar como don Cándido, que no ha salido jamás de su botica ni conoció otra mujer que la suya...».
Pero, y los demás, ¿no serían iguales? El notario Arribas, verbigracia, sargento del ejército que capituló en Santiago de Cuba y de quien se referían proezas dignas de ser celebradas en romances, ¿sabría, efectivamente, disparar un tiro o por dónde se agarraba una bayoneta?... También don Gregorio exaltaba, con grandes gritos, sus hazañas de cazador. Pero, ¿quién daría fe de tan notables lances?... Es muy fácil decir: «Yo hice esto», «A mí me sucedió aquello...», cuando el narrador tiene la sospechosa precaución de rodear de absoluta soledad su aventura.
Julio Cenén había referido de casa en casa la historia de sus amores con la señorita de Perpignan, y alguien, efectivamente, les vio juntos en el circo y luego cenando en la fonda de don Justo; pero ello no significaba que el recato de la Debreuil, por muy usado, raído y discutible que fuese, hubiera concedido al arriscado secretario mayores favores. Nadie sabía lo que entre ambos sucediera; luego Julio Cenén, al amparo del misterio, podía mentir...
Cavilando en esto Perea, sentía que un ambiente de traición, de embuste, liviandad y superchería le circundaba. Como no hay cuerpos perfectos, tampoco existen almas modelos, sino que todas disimulan la caricatura o degeneración de algún fingimiento. Quienes blasonan de honrados, aquellos de valientes, otros de seductores, estos de metódicos y castos...; y entre los hilos incontables de tantas mentiras, nadie suele ser lo que parece, ni tampoco lo que la opinión del prójimo señala y divulga. De este modo se explicaba don Higinio que todos sus convecinos hubiesen algo notable que referir, mientras él no tenía en su historia, que ya iba siendo larga, ni el menor incidente digno de loa, recordación o comentario.
«No es que les haya ocurrido nada —rumiaba Perea—; pero lo dicen y luego lo repite el público».
El ejemplo más terminante de la influencia que una mentira puede ejercer en la vida de un hombre lo ofrecía Diego, el sobrino de Arribas.
A pesar de sus veinticinco o treinta años, el rostro de Diego conservaba la humildad y dulcedumbre de la adolescencia: era un bendito, una pobre voluntad dócil, asustadiza, enemiga de ruidos; y no obstante, a todas partes le acompañaba una desfavorable leyenda de matonismo y escándalo. ¿De dónde provenía aquel temeroso renombre? ¿Qué conventos allanó el menguado?... ¿A qué rivales mató en desafío? ¿Qué fortunas perdió al juego? ¿Cuáles fueron sus bacanales? ¿Qué doncellas se malograron por él?... Nadie hubiese podido demostrar que incurriera en ninguno de estos errores, y, sin embargo, su familia le aborrecía; su esposa, favorecida por su padre, se negó a continuar viviendo bajo el techo conyugal, y así, de unos en otros, la murmuración cristalizó y convirtiose en historia y posteridad; y Diego, dulce y apocado como una liebre, fue tenido por una de las peores cabezas de Serranillas.
En los pueblos estos casos de injusticia social se cuentan por millares. Un hecho cualquiera, aun el más baladí, sirve para clasificar a un individuo, para «marcarle», y este juicio, repetido neciamente por el vulgo, se extiende, afianza y llega a ser indeleble. Es una labor de impresionismo. Hay individuos que fueron tontos toda su vida y murieron en olor de imbecilidad, únicamente porque sus conterráneos, cumpliendo un acuerdo tácito, acordaron negarles todo criterio.
Esto motivó, tal vez, el nimbo de tropelías y de maldad que rodeaba a aquel pobre Diego, tan silencioso, tan humilde, capaz de estarse sentado cinco horas seguidas sin hablar a nadie. Quizás cuando muchacho, y probablemente contra toda la inclinación de su voluntad misericordiosa, reñiría con otro chiquillo, a quien hirió, lo que fue causa de que su madre y la del descalabrado anduviesen a la greña.
¿Para qué más?... La noticia estremeció la población, abultándose, hinchándose de calle en calle a cada nueva glosa, y Diego quedó «clasificado»: era un rebelde, un inadaptado, un temperamento irreductible. Con las primeras alegrías de la juventud, aquella aventura inocente remozó su prestigio fatal. Diego se halló perdido; todos sus actos suscitaban sospechas. Si le veían hablando de noche con una muchacha: «¡Es un mujeriego!», decía la gente. Si tallando una peseta en el «saloncito verde» del Casino: «¡Es un jugador!...». Si bebiendo un vaso de vino ante el mostrador de una taberna o en la fonda de don Justo: «¡Es un borracho!...». ¿Cómo destruir aquella voz fiscal, voz del pueblo, que resonaba por todas partes?... El historial bravucón del niño perdía al hombre; la muchedumbre, después de juzgarle pendenciero, arisco y maleante, negábase rotundamente a creerle de otro modo. Era necesario rendirse: el individuo caía de rodillas bajo el empuje de la colectividad.
Perea llegó a pensar que en la historia de las personas vulgares, los únicos capítulos de algún relieve novelesco suelen ser mentiras nacidas bruscamente al calor de una frase y precipitadas luego a los cuatro vientos de la murmuración por el vulgo inconsciente. ¡Ah, si él quisiera inventar teniendo, como había, el inmenso París a su espalda!... Pero no; don Higinio no sabía mentir; el embuste implica un disimulo, una felonía, que repugnaban a su carácter bravo y sencillo.
Estas menudas divagaciones filosóficas de una parte, y de otra los años, que sigilosamente y a hurto una de las conciencias más avisadas, así saben cambiar la traza física de los hombres como revolucionarles el humor hasta inclinarles a lo que nunca desearon y viceversa, fueron modificando la ética de don Higinio. Su afición a la soledad habíase trocado en misantropía. Fuera del Casino, adonde iba dos o tres veces por semana, no sostenía relaciones de amistad con nadie, y llevaba constantemente en su noble rostro una pesadumbre de condena. El amor a París había pasado por su alma como esos cariños intensos y románticos que suelen tatuar en muchos jóvenes una huella imborrable de tristeza. Pensaba en París con la misma melancolía que una mujer puede recordar su primera falta. Una vez solo se acercó al maravilloso vitral de la inmensa cosmópolis, vio su luminosidad cegadora, oyó el babélico estruendo de su risa eternal, sintió resbalar las manos de sus cocotas sobre su carne pecadora y temblante, y, luego, de súbito, extinguiéronse las luces y la alucinación se deshizo en recuerdo y en sombras de destierro. Si veía el reloj de oro que compró para su cuñada en la calle de la Paz, o la petaca con que obsequió a Cenén, don Higinio se ponía triste; la pianola del notario Arribas, oída algunas veces en el silencio de las calles espaciosas y vacías, le inspiraba deseos de llorar: era la voz de París, inteligible solo para su alma. Igual emoción depresiva experimentaba cuando en la fachada de la Casa Correos ponían alguno de esos carteles con que las Compañías navieras llaman a los emigrantes: vapores blancos deslizándose sobre un mar de purísimo color esmeralda; vapores negros, empenachados de humo, recortándose violentamente bajo un cielo rojo; y debajo los nombres hacia donde los hambrientos de la vieja Europa orientan su esperanza: Buenos Aires, Méjico, Montevideo, Brasil... Viéndolos don Higinio se acordaba del zaguán del hotel de los Alpes, y la figura del intérprete, con sus lacios bigotes, su larga nariz enrojecida por el ajenjo y sus botas de paño, cruzaba grotesca y simpática su memoria. Comprendía el buen manchego que todo, con el favor ingrato del tiempo, iba dejándole, y él, a su vez, sentía un absoluto desasimiento y eremítico desdén hacia todo. Anselmo, su primogénito, había cumplido quince años y estudiaba el tercer curso del Bachillerato; Joaquinito iba a ingresar en el Instituto; Carmen, con ese raro pudor que separa a las hijas de los padres, para luego lanzarlas entre los brazos de un marido, ya no se desnudaba sin antes cerrar la puerta de su dormitorio; y doña Emilia, aunque no era vieja, por su gordura y batalladora condición de carácter, había llegado a colocarse fuera del terreno sexual.