Chapter 6 of 28 · 3973 words · ~20 min read

Part 6

Don Higinio almorzó opíparamente. Estaba contento, y su regocijo producíale una hiperestesia y alegría estomacal indecibles. De la sopa, que era de cangrejos, se sirvió dos platos, y la fuente de empanadillas que le trajeron la retiró el camarero vacía; también en las perdices su desbocado apetito causó gran destrozo. Como siempre, el holandés y su mujer comían algunas mesas más allá; pero don Higinio apenas les miró: fue la primera vez que el hombre de las manos y de los pies colosales no le sugería ideas de exterminio.

Completamente absorto ante su taza de café, un poco congestionado por la digestión y el curso voluptuoso de sus ideas, don Higinio miraba danzar en el espacio perspectivas de harén. ¿Cómo serían sus futuras amigas? La imagen de la francesita que conoció en el ferrocarril volvía a su memoria. Se parecerían a ella: la carne nacarina, el pelo rubio y corto... Veíase subiendo las escaleras de la casa donde la tentación le dio cita, acariciando paternal las mejillas rosadas de dos criaturas a la vez vibrantes de pecaminosas curiosidades y de rubor, sentándolas sobre sus rodillas, besándolas con sabio detenimiento y explicándolas luego, en fin, con regaladas pausas, todos los capítulos del Misterio Goloso; y más tarde, recorriendo con ellas los alrededores de París: excursiones a Versalles, partiditas de pesca a orillas del Sena, almuerzos faunescos en los bosques centenarios de Saint-Cloud... Después, cuando tuviese que regresar a su pueblo, si continuaban siendo buenas y juiciosas, las llevaría a España, y en Ciudad Real buscaría un lugar reservado, una especie de Elíseo manchego, adonde ir a verlas sin escándalo dos veces por semana. De madame Berta no se cuidaba; ¡vieja ridícula!... A sus hijas, en cambio, había que llevárselas y para siempre. El pensamiento de don Higinio no pasaba de allí; ¿ni para qué más?... ¡Ser amante de dos hermanas y tenerlas reunidas bajo el mismo techo, enamoradas de él, alegres, sin celos, dedicadas a la tarea de inventar constantemente para su mayor distracción y halago caricias nuevas! ¿No sería esta la aventura inaudita que su ardiente corazón presintió oculta entre los billetes de Banco que le trajo la lotería?...

Como no pudiera estarse quieto, y según el tiempo transcurría la comezón de sus nervios se agravase, salió a la calle, y por la de Richelieu, de un tirón, llegó al Sena. Una reñida batalla de añejas costumbres y de ideas amorales, nuevas en él, trastornaban su espíritu. A ratos parecíale hallarse asomado a un pozo hondísimo. El hombre que pudiendo robar una fortuna no lo hizo, acreditó su honradez; como demostró su caballerosidad quien respetó y volvió a su deber y honestidad a la doncella que inocentemente se le ofreciera; como probado dejaron su valor los que no temblaron habiéndose hallado en peligro y congoja de muerte. Pero quien no conoció ninguno de estos arriscados trances, ¿qué sabrá de sí mismo?... Esto sucedíale a él, lugareño y pazguato, que apenas se vio expuesto a las tentaciones sirenas del mundo empezó a temblar y a embarullarse como un adolescente. La evidente posibilidad en que estaba de burlar a su mujer con las hijas de madame Berta le parecía algo gravísimo, y considerando que sus futuras amantes eran hermanas y casi niñas aún, su delito crecía, convirtiéndose en caso monstruoso de incesto y bigamia. Pero luego su conciencia se tranquilizaba, que para servir a su egoísmo en todo halló la razón casuística del hombre motivo y disculpa. Hay afectos superficiales que, como la calderilla, pueden llevarse sin riesgo, a la vista de la muchedumbre, pues si alguien los codicia y se apodera de ellos no nos infiere daño mayor; y otros, en cambio, los grandes, los sagrados, los vinculados a las raíces más hondas de nuestro árbol sentimental, que deben ocultarse como tesoros y no son susceptibles de ser cambiados en cualquiera parte. Cuerdamente don Higinio reflexionó que su amor a doña Emilia pertenecía a los últimos, con lo que bien determinadas las lindes de su jardín interior, convencido de que el áspero capricho que lleva a la mancebía no ofende a la esposa, y, por lo mismo, que su hogar de Serranillas no se oponía a que las hijas de madame Berta tuviesen un hotelito en Ciudad Real, pudo desechar toda puritana y entristecedora laya de escrúpulos y abandonarse plenamente al regocijo que su mucha ventura le deparaba.

Seguro de sí mismo, los puños apretados, la barbilla recogida, el paso corto, la mirada brillante, a las seis en punto don Higinio Perea se detenía frente al número nueve de la calle Feydeau. Consultó lo escrito en el puño de su camisa para cerciorarse: era allí. El zaguán, de modesta apariencia, olía a humedad. Al fondo, tras una puerta de cristales, estaba la escalera. Entretenido con sus verdes deseos, el galán pasaba de largo ante la portería, cuando una voz femenina le interpeló:

—Caballero, ¿dónde va usted?

—Al piso cuarto, madame Berta...

—¿Madame Berta?...

La mujer frunció las cejas; sus labios tuvieron una mueca hostil.

—No conozco a esa señora. ¿Ve usted, si no le hubiese llamado? Se debe preguntar siempre en las porterías. Aquí no vive ninguna madame Berta.

Humilde, conciliador, comprendiendo que en aventuras del jaez de la que allí le llevaba las porteras ejercen siempre cierta tercería, el galán puso entre las manos enmitonadas de su interlocutora una moneda de dos francos. Después, sonriente, seguro de que la buena mujer iba a recordar en seguida:

—Es una señora de luto, una señora viuda...

Un vago ruborcillo le impedía decir más. La portera, sin demostrar agradecimiento, se había guardado los dos francos en un bolsillo de su delantal. Bajo su cofia blanca, muy encañonada y limpia, su rostro huraño repitió lentamente, con lentitud llena de convicción, un movimiento negativo. Perea sintió una ola de sangre subir a su garganta; un presentimiento horrible acababa de traspasarle las sienes; lo declararía todo...

—Es una señora pobre, que tiene dos hijas jovencitas, la menor de dieciséis años, la otra de dieciocho, trabajan en un obrador de lamparillas eléctricas...

—Vamos, sí, ya... Comprendo lo que venía usted buscando... Pues, no es aquí; le han mentido a usted...

Poniendo al servicio de su causa cuanto sabía de francés, y con el fanatismo del hombre que defiende su felicidad —toda su felicidad— don Higinio repuso:

—¡No es posible!... A madame Berta yo la conozco mucho. Una señora... con una capota color violeta y unas guindas... Vea usted; ella misma escribió estas señas: número nueve, calle Feydeau, piso cuarto, puerta número dos...

Y mostraba el puño donde la mendiga dejó una dirección imaginaria. La portera se echó a reír.

—Caballero, no se canse; le han engañado a usted, y juraría que usted no conoce a la señora que ha escrito eso. Yo se lo aseguro: le han engañado a usted.

Don Higinio no insistió más y salió a la calle; iba tan aturrullado, tan avergonzado de sí mismo, que ni siquiera se atrevía a reflexionar en la candorosa ridiculez de cuanto acababa de sucederle. ¡Era un mentecato, un redomado papamoscas, que no debió salir jamás de su pueblo! ¿Tendría él cara de tonto?... Primero, la bofetada en el tren; ahora, madame Berta. ¡La vieja, la maldita pécora! ¡Y cómo se habrían regodeado ella y las bigardonas de sus hijas con el medio luis que le estafaron! Pues, ¿y la portera?... ¿Y los dos francos que la dio neciamente para que, al cabo, se burlase de él?... La violencia de sus rencores aceleraba su andar y le encendía las orejas; iba que volaba. Cruzó el bulevar de los Italianos y siguió por la calle Drouot, hacia su casa. Todas las imágenes de voluptuosidad que en el transcurso de aquella tarde le emocionaron, habíanse convertido en brasas inextinguibles de odio. Llegó a detestar la calle Feydeau y hasta el nombre de Feydeau. ¡Oh! ¡Jamás leería una novela de ese autor! Su corazón ardía; era un incendio horrísono alimentado por todos los escombros del hotelito que en Ciudad Real había soñado para las niñas de madame Berta...

Al verle llegar tan congestionado, Francisco creyose en la obligación de preguntarle si había tenido algún disgusto.

—No, nada —repuso evasivamente.

—Entonces, es el frío.

—Eso es, el frío... Hasta luego.

El reloj del comedor señalaba las siete y media. Perea ocupó su mesa, saludó con una leve inclinación de cabeza al holandés y a su señora, que ya estaban en los postres, y pidió dos huevos pasados por agua. El camarero, ágil y ceremonioso dentro de su frac, como un prestidigitador, interrogó:

—¿Y luego?...

—Nada más.

—¿Se siente usted mal?

—No; pero me falta apetito.

Trasegó un buen vaso de vino para limpiarse la boca, y esto comenzó a restaurarle el humor. Observaba a la italiana, pálida, interesante, más atrayente que otras veces con el traje ceñidísimo, corte sastre, que vestía aquella noche. Ella, a intervalos, distraídamente, acaso por coquetería, le miraba también. Don Higinio, reanimado, ordenó al camarero le trajese una sopa de tortugas y un bistec con patatas. Acabó por olvidar su descalabro y cenar opíparamente. Su espíritu voluble se rehizo. Estaba contento. Realmente merecía, por su mal corazón, la engañifa y burla de que fue objeto. ¡Qué canastos! Porque si él socorrió con medio luis a madame Berta lo hizo pensando más en la bonitura de sus hijas que en su desamparo.

Terminaba de apurar su taza de café y de pedir una copita de coñac cuando llegó el intérprete. En aquel momento el holandés y su mujer dejaban el comedor; míster Grand, el joven inglés aprendiz de pintor, también se había marchado y don Higinio quedaba solo ante la vastedad del salón, tapizado de verde claro, alegre, con sus docenas de mesitas cubiertas de cristalería fina y brillante sobre la albura celosa de los manteles. Francisco abordó a Perea.

—Usted ha concluido de cenar y ahora empezaré yo.

Tenía la nariz acarminada, y bajo los párpados medio cerrados, los ojos azules, bruñidos por el ajenjo, miraban con quietud estúpida. Olía a alcohol.

—¿Se ha divertido usted mucho?

Don Higinio titubeó la cabeza con el ademán vago, indiferente, de un hombre de mundo.

—¡Psch... de todo hubo!...

Hablaron de mujeres. Bruscamente, tras una bulliciosa carcajada, el piamontés exclamó:

—Esta noche, cuando le vi a usted llegar de la calle con las orejas tan encendidas, pensé: «El señor Perea vuelve de pasar la tarde con una señorita». Ahora, dígame si me equivoqué: ¿es verdad o no es verdad?...

Perea echó el cuerpo hacia atrás, contra el respaldo de la silla; su rostro saludable tenía toda la insolencia de la felicidad: la mirada saltarina, el cigarro habano humeando entre el carmín húmedo de los labios, los pulgares de ambas manos metidos en los bolsillos del chaleco, mientras los otros dedos tamborileaban jactanciosos sobre la epicúrea redondez del abdomen...

—Sí —afirmó— es cierto. ¿A qué negarlo?... Aunque uno esté casado, ¿verdad?... puede permitirse ciertas distracciones. Esta mañana, delante del pasaje Jouffroy, una señora se acercó a mí...

Y aplomadamente, desenvolviendo lujos imaginativos dignos de un dramaturgo, explicó una aventura donde lo fantaseado se plasmaba y fundía en lo sucedido, y viceversa. Describió a madame Berta: pequeña, enlutada, con sus cabellos de lino y su gorra violeta. Él había ido a su casa; una buhardillita de la calle Feydeau pobremente amueblada, pero muy limpia, desde cuya única ventana se dominaba un gran trozo de París. Allí conoció a Elisabet y Georgina, las hijas de madame Berta. Las dos eran bonitas, mimosas, perversas... ¡Especialmente la menor, Elisabet: una especie de Salomé, con todas las lubricidades de una pantera en la espalda!... ¡Oh!...

Diciendo así, cerraba los ojos. Francisco le escuchaba boquiabierto, una mueca de lujuria senil en los labios, la roja nariz caída y como echada sobre el bigote.

—Esas aventuras —observó— suelen costar caras: hay mucho _souteneur_, presidiarios que viven de las mujeres, y pueden darle a usted un susto. No se fíe usted; yo conozco París.

Don Higinio hizo un gesto desdeñoso y se puso de pie. Miró a su alrededor. Nadie. El comedor desierto. Entonces sacó un cuchillo de hoja triangular y mango negro que llevaba colocado atrás, sobre los riñones; cuchillo de carnicero que cuando fue con don Gregorio Hernández a cobrar las cien mil pesetas de la lotería mercó en Ciudad Real por nueve reales.

—Mientras me acompañe —exclamó— necesito dos hombres para reñir conmigo.

Hecha esta declaración heroica subió a su cuarto. Eran las diez, y las alborotadas emociones de aquel día le habían zarandeado y molido de manera que hasta los huesos le dolían. Comenzó a desnudarse y según iba quitándose las ropas las colocaba sobre el respaldo de las sillas, según doña Emilia le enseñó a hacer, para que no se arrugasen. Al pasar cerca de la ventana miró casualmente hacia afuera y vio en el piso inferior, y al otro lado del patio, negro, profundo como un derriscadero, el rectángulo lleno de blanca claridad de una ventana. Era la del dormitorio del holandés. Unos momentos don Higinio permaneció tan suspenso y pasmado, que hasta la marcha de la sangre debió de retardarse en su impresionable corazón; pero reaccionando en seguida mató la luz, merced a lo cual las imágenes que sucesivamente iban dibujándose en la ventana iluminada redoblaron su intensidad y limpieza.

El matrimonio no se acordó de cerrar las persianas, y su intimidad se devanaba a la vista del público. Eran cuadros ridículos, grotescos, voluptuosos, que el arte bufón de Téniers hubiera querido pintar. El holandés, en calzoncillos, sentado sobre una sillita baja, se lavaba los pies: don Higinio veía sus pantorrillas, blancas y fuertes, dignas de un titán de mármol; su cabeza rubia, sus lomos poderosos, doblados trabajosamente hacia adelante. Ella, la italiana,, había comenzado a desnudarse cerca del lecho. Para verla mejor, don Higinio necesitó ponerse de rodillas. Agazapado como un tigre, vibrante de curiosidad, aguijoneado por deseos lascivos que, cual alfileres, asaeteaban su carne, Perea miraba aplastándose la nariz contra el cristal de la ventana. El espectáculo lo merecía. La joven se quitó su blusa; se desembarazó de la falda; manojos de encajes finísimos, como fabricados con hilos de venusinas espumas, orlaban sus brazos y su espalda y se ceñían a sus rodillas; a intervalos volvíase hacia su marido, como hablando con él. Ambas rodillas apoyadas contra un borde del lecho, el busto arqueado hacia atrás, la italiana se alzó la camisa y sus manos enjoyadas —aquellas manecitas que Perea vio ir y venir tantas veces, allá en el comedor, desde la fuente de los entremeses a la botella del vino— comenzaron a sobar lentamente la suavidad mate de las caderas, donde las cintas crueles del corsé habían dejado una red de huellas bermejas. Era una linda escultura: ancha de hombros, breve de talle, redonda de caderas...

Hubo una pausa; la interesante película parecía detenerse allí. Repentinamente la italiana, obedeciendo quizás a una indicación tardía del holandés, apagó la luz y el dormitorio se anegó en tinieblas; fue como un párpado que cayese sobre el cristal de una linterna mágica. Don Higinio dejó su atalaya y suspirando, entelerido de frío, presa de indecible pesadumbre, se metió en la cama; y apenas lo hizo, de cara a la pared, quedose dormido: la tristeza le había servido de narcótico.

En días sucesivos, como arrepentido de las calaveradas que quisiera cometer, don Higinio empezó a observar una conducta prudente, perfectamente reglamentada: paseaba lo necesario a su salud, visitaba los museos y se recogía temprano. El intérprete, a pesar de su constante embriaguez, advirtió aquel cambio de costumbres.

—Hace usted bien —decía—, París es terrible. ¡Ah, estas mujeres!... ¡Muy difícil hallar una buena, muy difícil!... Nos engañan, nos dejan sin dinero... y luego... ni nos conocen. ¡Perras!... Debe hacerse lo que usted: de cuando en cuando... y... ¡abur!... Yo conozco París, señor Perea; yo conozco París. Se lo dice a usted un piamontés que ha visto mucho mundo: aquí el hombre que no sabe reservarse dura poco. Al principio la conducta de usted no me gustaba. Yo le observaba, ¿sabe usted?... ¡Oh, ya lo creo! Yo le observaba y me decía: «Este señor va al precipicio de cabeza; no se contiene; París es una serpiente y la serpiente le ha mordido...». Me equivoqué; usted, señor Perea, entiende la vida.

Estos diálogos rápidos se devanaban en el zaguán del hotel de los Alpes, sobre cuyas paredes campeaban grandes carteles policromos, anunciadores de Compañías navieras y de viajes económicos a Italia y a Suiza. Don Higinio escuchaba a Francisco y sonreía, prestando así su asentimiento a las galantes suposiciones del intérprete; este inocente embuste lisonjeaba su amor propio y le consolaba de ser tan simple. Luego, metido en el ascensor, camino de su habitación, a solas ya con su conciencia, comprendía que era un lugareño desmañado, pacato y oscuro, y que estaba en ridículo.

Francamente, no comprendía en qué pueden malrotar su patrimonio y el de su mujer los grandes calaveras. ¿Juegan? ¿Tienen queridas? ¿Adoran los viajes, los muebles ricos y demás opulencias del buen vivir?... Misterio. ¿Cómo en la brevedad de una vida y en la flaqueza de un cuerpo pueden caber las horas necesarias para derretir tantos millones?... Lo ignoraba. No era roñoso, y, sin embargo, no gastaba mucho dinero. ¿Cómo se emplea el dinero? Tampoco lo sabía. El dinero, por lo visto, se gasta casi con el mismo trabajo con que se gana; es un brujo que primero no quiere venir y luego no hay manera de separarle de nosotros. Para esto, tal vez, es indispensable tener amistades, frecuentar Casinos... Pero, ¿cómo adquirir relaciones? ¿Cómo acercarse a los obradores donde el amor es alegre y barato, o a las heteras célebres cuyas noches deshacen familias y fortunas?... El primer movimiento de las ciudades es hostil, hermético; rechazan al forastero y hay que vencerlas, como a las personas. Don Higinio ignoraba esa labor de conquista; sin embargo, no se hubiese cambiado por nadie.

Fiel a su afición más arraigada había comprado una caña de pescar, y muchas mañanas iba a sentarse bajo el puente de las Artes. Sigilosamente el pasado le envolvía, le recobraba; parecíale hallarse en Serranillas y viendo el Sena se acordaba del Guadamil; como otras veces, mirando en el bulevar las rotativas de _Le Matin_, se acordaba de _El Faro_. Por las tardes visitaba los grandes almacenes: Louvre, Bon-Marché, Samaritana..., y hoy compraba el corsé de doña Lucía, mañana la pitillera para Julio Cenén, o una torre Eiffel para adornar la mesa de don Cándido...

Únicamente las cartas de su mujer le molestaban, aunque de soslayo acariciasen su vanidad. Doña Emilia estaba celosa; no comprendía que su marido emplease tanto tiempo en conocer París, y le suponía enamoriscado de alguna francesa. La imaginación de las damas recogidas y caseras marcha muy de prisa.

«Me han dicho —escribía— que esas mujeres enloquecen a los hombres. ¿Es verdad?... ¡Cuídate, por Dios! Tú eres bueno, pero las malas compañías tiran mucho. Higinio: no quiero pensar que puedas olvidarte de tus hijos y de mí. ¿Cuándo vienes? La sola idea de verte llegar enfermo me saca de juicio».

A esta carta, que traslucía el espíritu altanero, dominador y vehemente de la antigua rica hembra, contestó Perea con otra muy afectuosa y razonada, donde hablaba de los muchos días que su catarro le impidió salir a la calle, y de aquella discreta parsimonia que la adquisición de los objetos, algunos de valor, que sus amigos le encargaron, requería. Mintió un poco.

«Por tu abrigo de pieles me han pedido cinco mil francos en una peletería del bulevar; yo me quedé aterrado; pero me aseguran que en cierto almacén, cuyo nombre ahora no recuerdo, lo hallaré tan bueno y más barato. También debo ocuparme de la pianola que nuestro amigo Arribas desea; para comprarla sin exponerme a ser engañado necesito que alguien me guíe y aconseje. Todo esto exige paseos, relaciones y tiempo, mucho tiempo; en Serranillas no podéis formaros idea del tiempo que se pierde en estas ciudades enormes. Además necesito dinero; con el que traje no tengo para nada; aquí todo es carísimo. Mándame, pues, a vuelta de correo, cinco mil pesetas...».

La respuesta de doña Emilia tardó en llegar; venía acompañada de un cheque contra el Crédit Lyonnais por valor de mil duros, moneda española; y era una misiva breve, seca, llena de sombras. Decía la esposa:

«Me apresuro a enviarte la suma que necesitas. Ojalá no sea para tu mal. ¿Nos reuniremos pronto? No lo sé. Parece que un siglo ha pasado desde que te fuiste. Nuestros hijos me preguntan por ti: te echan mucho de menos. ¡Si vieras qué alta está la niña!...».

Perea se indignó; era una carta imbécil: su mujer hablaba de su ausencia de dos meses como de un destierro de varios años. En el mismo error tropezaban sus amigos: todos le suponían divirtiéndose, interviniendo en lances de magia y cinematógrafo, atropellando «estrellas» de café-concierto y despilfarrando con española bizarría los billetes de Banco. ¡Idiotas! ¡Creían a París un poco mayor que Ciudad Real!... ¡Si ellos supiesen su desventura del tren, la engañifa de madame Berta y el estado de monástica abstención en que vivía!... Don Higinio apretó los puños. Luego, con aquella admirable facilidad que su alma voluble tenía para pasar de la cólera al desdén y a la risa, se encogió de hombros. En la pobre vida humana todo a la vez es grotesco y trágico; solamente las apariencias varían; tan pronto el drama se viste el traje de Arlequín, como lo bufo, lo insignificante, «lo de todos los días», se emboza en la capa de Cyrano y tiene, como Romeo, una escala y una cita.

En este último caso se hallaba don Higinio. Había de volver a su pueblo casto como un San Luis Gonzaga y llevando intactos sobre los labios los besos que doña Emilia le diera al despedirle, y todos, sin embargo, descubrirían en su rostro la honda fatiga, ruina y acabamiento de las orgías gozadas. Y aún podía disculparse que sus conterráneos, lugareños y sencillos, opinasen así; lo extraordinario, lo que bañaba a Perea en asombro, era que personas que vivían a su alrededor, el intérprete del hotel, verbigracia, creyesen lo mismo. Es el sino del individuo: hay hombres que tras una larga vida dedicada a darle gusto al diablo llegaron a viejos nimbados de un prestigio inamovible de rectitud, gravedad y melancolía; mientras otros, habiendo luchado y sufrido y llevado acuestas las cruces más penosas, jamás fueron tomados en serio. Nadie les cree: su cortesía sonriente es ligereza, desaprensión, liviandad de costumbres y de conciencia; sus momentos de tristeza, disimulo; su cansancio de trabajo, fatiga de placeres. La muchedumbre, sin saber cómo, clasifica a sus individuos apenas salen de la Universidad y les extiende ejecutorias de las cuales nunca podrán hallarse totalmente libres; y así, por decreto absurdo de la opinión, este será prudente y virtuoso, y aquel, loco y frívolo como un sombrero echado al aire.

¿De dónde proceden esos errores colectivos? ¿Es del modo que el sujeto tiene de mirar, de vestirse, de dar la mano? ¿A tanto alcanzan la gracia de unos guantes de ante o el color de un chaleco? Y, en caso afirmativo, ¿cómo la opinión ajena, que primero es para el sujeto porvenir y horizonte, y luego, por obra renovadora del tiempo, se muda en ayer y cristaliza en la Historia, consigue dar tan hueros cimientos a sus juicios?...

Evidentemente, la multitud, inclinada a encogerse de hombros cuando la invitan a realizar una obra filantrópica, descubre una resuelta simpatía hacia lo calumnioso, y lo acredita el éxito que obtienen las campañas difamatorias de los periódicos: una crónica laudatoria pasa inadvertida, cual si la envidia de todos la circundase de silencio; mientras la gacetilla infamante se repite con complacencia, brinca de boca en boca, se agarra traviesa a todos los oídos, sugiere un eco de villana alegría en todas las almas...