Part 3
—¡Un viaje sería lo mejor!... Un viaje de un mes; nos iríamos los cuatro. ¿Digo bien, Lucía?...
Los circunstantes permanecieron callados, y la mujer de Hernández hizo con sus labios, enrojecidos por la digestión, un mohín de desagrado. ¡Un viaje! ¿Y adónde y para qué? ¿A pasar trabajos?... Lo que no hubiese en Serranillas, respecto a comodidades, señorío y buen trato, no había que buscarlo en parte ninguna. Años atrás ella y su marido fueron a Ciudad Real a comprar un aparato ortopédico para el hijo del notario Arribas, que se había roto una pierna, y a poco mueren de sed: en ninguna parte hallaban agua fresca. Y en un viaje más largo, a Madrid, verbigracia, era absurdo pensar; Gregorio no podía dejar a sus enfermos tanto tiempo...
Este rio a carcajadas y descargó sobre los débiles omoplatos del boticario un vigoroso puñetazo.
—No les puedo dejar libres mucho tiempo porque se curarían todos. ¡Yo no debo cerrarle la botica a don Cándido!
Teresa y doña Benita, acariciadas un instante por la idea de viajar, miraban ahora con horror la posibilidad de moverse de Serranillas: los negocios no se abandonan así; cerrar una casa cuesta mucho trabajo; la humedad de las habitaciones deshabitadas es fatal para los muebles, y la polilla hace estragos en las ropas que no se remueven y solean. Además, ¿quién iba a cuidar de las gallinas y de las flores? Un viaje del que nadie sabe cuándo volverá, porque no se tiene la salud comprada, puede ser la ruina de una hacienda.
Doña Emilia, sin embargo, no renunciaba totalmente a su idea. Primero pensó salir del pueblo: fue una curiosidad noble, una atracción de cosas lontanas, nunca vistas; seguidamente aquel impulso artista se desdibujó y avillanó bajo una simulación práctica. Ella había oído decir que en el extranjero las ropas son tan baratas que lo mucho que en ellas se economiza equivale holgadamente a los gastos de viaje. Ahora que el invierno estaba cercano, doña Emilia pensó en un abrigo de pieles: uno de esos magníficos sobretodos de pantera o de marta, donde las grandes heteras parisinas se arrebujan, semidesnudas, para que las retrate Reutlinger. Fue un deslumbramiento: viose en la iglesia, asistiendo los domingos a misa mayor, pasando con la solemnidad de una imagen ante sus amigas humilladas; y luego, por la tarde, en el andén, esperando la llegada del correo de Madrid, que se detiene en Serranillas dos minutos...
Encarose con don Higinio, y de sopetón, como quien tira a quemarropa:
—Tú —dijo— debías ir a París a comprarme un abrigo.
El saludable semblante de Perea adquirió la alelada expresión del que sueña.
—¿Yo?... ¿Yo solo a París?...
—¿Y qué?... Total, con seis o siete mil pesetas realizas la excursión, te distraes, descansas un poco, que bien lo necesitas, y me regalas un abrigo como yo te diga. ¿Quieres?...
Don Higinio sonreía; la sorpresa del primer momento había declinado; ahora estaba alegre, suspenso, trémulo de emoción ante aquel camino que la suerte acababa de tender generosa bajo sus pies, como una alfombra de hechicería y aventura. Para disimular la pueril algazara de sus sentimientos, juzgó oportuno oponer objeciones:
—Como yo no sé francés...
—¡Bah!... Llevando buenos billetes de Banco en el bolsillo —arguyó don Gregorio— crea usted que para comprar no precisa conocer el idioma del que vende. Además, en esos grandes hoteles extranjeros siempre habrá intérpretes que le acompañen a usted a todas partes.
Y tras una pausa:
—Yo, en el pellejo de usted, sin esa cadena que me tienen echada al pie mis enfermos, tomaba el tren mañana mismo.
Don Higinio no respondió; parecía dudar y sus ojos miraban al mantel, mientras sus dedos amasaban nerviosamente una miguita de pan. En su ánimo, ingenuo y poltrón, Tartufo insinuaba su perfil hipócrita: deseaba que le rogasen, que le empujasen hacia aquel lance, mojado en mieles dulcísimas de zozobra; quería gozar de la aventura sin asumir probables responsabilidades. Era algo quintaesenciado, refinadamente voluptuoso y femenino, como aquel embustero ademán de sacrificio que, para salvar su recato, las mujeres dan siempre a sus favores.
El boticario insinuó:
—Si fuese usted a París me haría un altísimo favor trayéndome un tratado de Química vegetal que necesito. No recuerdo ahora el nombre del autor...
Las pieles con que doña Emilia pensaba engalanarse suscitaron en doña Lucía y en la esposa de don Cándido ambiciones paralelas.
—Si va usted a París —exclamó doña Lucía—, no le pido más que una cosa: un corsé del Louvre; yo le daré las medidas.
—¡Qué ocurrencia! Mejor es un reloj —interrumpió doña Benita.
—O una sortija —agregó Teresa.
—Tengo sortijas y relojes, Emilia lo sabe: dos relojes que no sirven para nada, porque no andan. ¡Ah! Prefiero el corsé: un corsé recto, elegante, de color malva; un verdadero corsé francés...
Don Higinio intentó defenderse. Él era un temperamento metódico, casero, que quizás no pudiera alterar sus viejas costumbres; echaría de menos su hogar, sus zapatillas, sus trebejos de pesca, sus duelos al dominó, el aliño y sazón que Vicenta daba a los guisos; ¡todo, en fin!... Por añadidura tenía faenas agrícolas que debía dirigir personalmente: siembras, riegos, podas, rotura de tierras...
Hernández le atajó.
—¡Nada, no es cierto, no, señor! ¡Pretextos!... El campo, como la pesca, es para usted un deporte.
A las voces estentóreas de don Gregorio se aunaron las demás. Doña Emilia, su hermana, doña Lucía y doña Benita, rodearon a don Higinio que permanecía sentado, dándole en la cabeza y el cogote amistosos golpecitos.
—¡Sí, señor; tiene usted que marcharse!... ¡Hombre más roñoso!... Y todo por no obsequiarnos...
—¡Si yo estuviese en su pellejo! —repetía don Gregorio.
Los niños gritaban también, estimulados por el ejemplo de las mujeres: desde el quicio de las puertas la servidumbre asistía sonriente a la escena. Perea creyó llegada la ocasión de ceder.
—En fin —exclamó—, como ustedes quieran; yo no tengo voluntad...
Y en seguida, cual si lo que le proponían fuese madurando en su ánimo y ganándole:
—Verdaderamente siempre he tenido grandísimos deseos de conocer París, y miren ustedes por qué casualidad ahora...
Un muchacho que vino a buscar a don Gregorio para un alumbramiento desenlazó la sobremesa. El médico y el boticario se marcharon juntos; a poco doña Lucía y doña Benita se fueron también, y don Higinio, descalzo y libre de la opresora tiranía del cuello y de los tirantes, pudo dormir, según su costumbre, una horita de siesta. Despertó a las seis. Inmediatamente, con una diligencia nerviosa, nueva en él, se vistió y salió a la calle. Pepe Fernández, director de _El Faro_, bisemanario, defensor de los intereses de Serranillas, acudió a saludarle.
—Hablo de usted —dijo— en el próximo número de mi periódico y anuncio su viaje a París.
Don Higinio se ruborizó; aquella inesperada popularidad, aquella exhibición constante, le quemaban las mejillas. Cuando llegó al Casino todos los jugadores de dominó se pusieron de pie para aplaudirle, y Julio Cenén tocó al piano los primeros acordes de la Marcha Real. A pesar de la infantil sencillez de tal agasajo, don Higinio avanzó descubierto y conmovido, agitando sobre su cabeza cuadrada su sombrero color café.
—¡Gracias, señores, gracias!...
El portero del Casino, que caminaba tras él, le abordó con una reserva que Perea halló misteriosa.
—Don Gregorio necesita verle a usted; él volverá en seguida; no vaya usted a marcharse...
A las siete apareció el médico. Su corpachón macizo y su rostro broncíneo, cubierto de espesas barbazas y sombreado por un fieltro de alas crecidísimas, erguíanse prepotentes sobre la multitud de parroquianos instalados alrededor de las mesas. Don Higinio hízole señas acogedoras.
—¿Qué hay? ¿Tenía usted algo que anunciarme?
—Que mañana temprano, en el tren de las siete, nos vamos los dos a Ciudad Real a cobrar «lo nuestro».
Perea tardó en responder; su haronía se rebelaba contra aquel propósito de acción.
—¿Y no sería mejor escribir diciendo que lo enviasen?
—¡No, hombre! ¿Pero le cuesta a usted trabajo recibir dinero? Nosotros salimos para Ciudad Real en el tren de las siete; luego almorzaremos donde yo disponga... ¡Ya sabe usted que a mi lado nadie se muere de hambre!... Pasamos un gran día, y a las nueve y media o diez de la noche estaremos de regreso. ¿Conformes?...
Don Higinio cedió; no había modo de esquivarse.
—Entonces —dijo Hernández— hasta mañana. Ahora me voy porque están aguardándome. Mañana a las seis y media espéreme usted en su casa, vestido; yo iré a recogerle.
Aquella noche, tendido en su amplio lecho matrimonial a la izquierda de su mujer, que no podía dormir, don Higinio batalló inútilmente por conciliar el sueño. Su ánimo pusilánime, abandonado siempre a la inercia cobarde de la costumbre, hallábase desarraigado y como precipitado en un torbellino. La Fortuna invadía su vida, desarticulándola. Horas nada más transcurrieron desde que le notificaron su ventura, y parecíale que hubiese pasado mucho tiempo: el sobresalto de aquella mañana, las copas de aguardiente bebidas con Cenén, su almuerzo en compañía de don Gregorio y de don Cándido, la afectuosa ovación que le tributaron en el Casino, la perspectiva del viaje que a la mañana siguiente debía emprender... todo, atropelladamente, se barajaba en su memoria. ¿Cómo podían caber tantos proyectos, tanto trajín, tantas emociones, en el abreviado espacio de un día?... Y terminado aquel paseo a Ciudad Real, los cuidados, los preparativos, los encargos de su excursión a París, la metrópoli inmensa donde ningún vecino de Serranillas, que él supiese, había estado.
Al fin, la carne tarda y poltrona se sobrepuso al imaginativo y despabilado espíritu de don Higinio, cuyos párpados comenzaron a cerrarse; bajo las gasas sutiles del sueño, su inquietud se aletargaba dulcemente. De pronto, el temor de que pudiesen robarle en Ciudad Real, le estremeció; los ladrones no duermen. Dio un codazo a doña Emilia que ya roncaba:
—Mañana —ordenó— recuérdame que lleve el revólver...
Por dicha, estos prudentes resquemores fueron inútiles. Perea y don Gregorio llegaron a la capital, desayunaron con chocolate y picatostes en el café de la estación, cobraron sus veinte mil duros en hermosos billetes de quinientas y de mil pesetas, almorzaron opíparamente en una taberna, cuya dueña, rolliza y deseable todavía a pesar de los años, fue muy amiga del médico cuando este era estudiante, y, por no dilatar más su ausencia, regresaron a Serranillas en el mixto de las siete y cuarenta. Cargados iban de juguetes: pelotas, cornetas, soldados de plomo, un ferrocarril mecánico, una linterna mágica, un teatro _guignol_... Y con todo dieron en casa de don Higinio, donde doña Lucía, rodeada de sus cuatro hijos, doña Emilia con los suyos, Teresa, doña Benita y don Cándido, les esperaban. La ovación que la infancia tributó a los expedicionarios fue atronadora; Perea se quedó sordo; hubo momentos en que el techo del comedor, con su magnífica lámpara de bronce, pareció resquebrajarse y venir abajo.
Desde el día siguiente, y fortalecido por su mujer y su cuñada, emprendió don Higinio los prolegómenos de su éxodo. Su primer cuidado fue marcar para su partida una fecha. Con gravedad que disimulaba cierto vago temorcillo interior, había dicho:
—Me iré el sábado...
Y apenas lo declaró cuando lo supo y repitió el vecindario.
«Perea se marcha el sábado...».
Hacia ese día, llamado a ser memoratísimo en la historia de Serranillas, todo se disponía y enderezaba. Antolín recibió órdenes apremiantes de confeccionar dos trajes, un «completo» negro, de americana, y otro de chaquet, color gris. También juzgó prudente don Higinio reforzar el número de sus camisas y encargó media docena a Manolita, la mujer de Pepe Martín, que las aderezaba muy bien. Los calzoncillos se los hacían en casa, no por bajuna tacañería ni ridículo prurito de ahorro, sino porque Teresita sabía cortarlos y disponerlos a maravilla: eran unos calzoncillos, «antiguo régimen», con pretinas bordadas en colores y cintas para sujetar y afirmar las perneras sobre los calcetines. Doña Emilia, en el exiguo vacar que sus quehaceres domésticos la permitían, le repasaba las camisetas y los pañuelos, y como su marido jamás supo anudarse la corbata, pidió al bazar de ropas del señor Feliciano varios lazos hechos. Don Higinio, por su parte, no estaba ocioso: había comprado dos sombreros; un hongo, que debía «rimar» con el traje de chaquet, y otro blando, color perla, para ponérselo con su «completo» de americana. También mercó un baúl: un legítimo cofre lugareño de recia tablazón, blindado de hojalata amarilla y con cantoneras azules de metal, que vacío pesaba los treinta kilos de equipaje que las Compañías ferroviarias otorgan a cada viajero.
Aquel baúl, abierto siempre en medio del dormitorio de don Higinio, parecía una boca. Con la preocupación de cuanto habían de meter en él, nadie se acordaba de cerrarlo, y su tapa erecta tenía la elocuencia de una amenaza. Acarreados por Teresita y doña Emilia, los calcetines de hilo de Escocia «para vestir», y los de lana para el reúma; las camisetas rusas, densas, blandas, capaces de resistir los fríos polares; los calzoncillos de abigarradas pretinas, la media docena de camisas que Manolita había traído, los pañuelos... todo iba desapareciendo en la panza insaciable del cofre. La flamante ola blanca crecía. En la mañana del jueves, dos días antes del señalado para la partida, se vio que el baúl era pequeño y fue necesario cambiarlo por otro mayor.
Entretanto llovían sobre Perea recomendaciones y encargos: hubiera podido llenar un cuaderno de solicitudes. Todos sus amigos querían algo de París: para don Gregorio, una escopeta; para doña Lucía un corsé del Louvre; para doña Emilia, un abrigo de pieles. Teresa deseaba un reloj; doña Benita, un sombrero; don Cándido, un tratado de Química vegetal y algún pisapapeles o cachivache artístico con que adornar su mesa de trabajo; Julio Cenén le pidió una pitillera con algún desnudo en esmalte que ruborizase a las muchachas; el cura, don Tomás, quería unos espejuelos; el notario, don Jerónimo Arribas, una pianola; don Justo, el dueño de la fonda, una motocicleta. Hubo quien le encargó un juego de ajedrez...
Cansado de no hallar en el Casino un momento de tregua, don Higinio hacia frecuentes escapatorias al campo. Allí respiraba. Iba despacio, mirando a todos lados detenidamente, cual si en vísperas de emprender un viaje que estimaba larguísimo quisiera despedirse con los ojos de aquellos paisajes familiares, y si saludaba a alguien deslizaba en su reverencia una suave melancolía de «adiós». Bajo su grasa, los pruritos aventureros de su niñez se desentumecían cautelosos. Antaño su alma quimerista se fue muchas noches de fiesta, mientras su pobre cuerpo, aburrido y esclavo, quedaba en casa; pero ahora iba a ser él, tanto o más que ella, quien saliese a rondar. ¡Aquel premio, aquella fuga a París!... ¿Qué lances el Destino le tendría reservados? Hasta sentía miedo; se acordaba de la pantera dantesca:
_Nel mezzo del cammin di nostra vita_ _mi ritrovai per una selva oscura_ _ché la diritta vía era smarrita..._
En sus últimas batallas al dominó la suerte le fue adversa; estaba ausente, no llevaba cuenta de las fichas jugadas y siempre perdía; para no comprometer su fama de campeón, tuvo que retirarse. Una mañana salió a pescar y volvió con las manos vacías; si algún pececillo mordisqueó la carnaza, él no lo advirtió; pensaba en el Sena.
Ya tarde, al tramontar del sol, iba a la estación, como si el sitio de donde en breve había de marcharse le atrajera. El mozo de andén Juan Pantaleón, a quien por su bordonera juventud de juglar don Higinio dedicó siempre disimulado cariño y aprecio, le daba palique.
—¿Conque el sábado, don Higinio?
—El sábado.
—¿Por mucho tiempo?
—¡Psch!... ¡Allá veremos!...
Y esta posibilidad de dilatar su ausencia o de acortarla, de ir o volver según su gusto y albedrío, de hallarse horro, siquiera fuese efímeramente, de lazos sentimentales y de sociales miramientos, de ser «él», por fin, causábale en el diafragma un frío estremecimiento de histeria. Muy apesarado, los ojos en el suelo, Juan Pantaleón suspiraba:
—¡Quién pudiera irse con usted!
Era un payo cuarentón, de talla vulgar, metido en carnes, con el lleno y rasurado semblante canonjil sombreado por una boina vasca. Su empaque cándido interesaba; era lento, redondo, suave, y corregía su rusticidad la nostalgia inteligente de sus ojos apaciguados. Al caminar balanceándose sobre sus piernas un poco abiertas, los flecos de la manta con que de noche se abrigaba los hombros, barrían el andén.
Juan Pantaleón tenía su historia, y en ella una desilusión y una lágrima: una historia humilde, a la vez cómica y triste, como un cuento de Daudet.
De pequeño cantaba en las iglesias; su voz dulce, vibrante, de tenor, llenando desde las alturas del coro la oquedad armoniosa del templo, distraía la devoción rezadora de las mujeres; las más jóvenes levantaban la cabeza para mirar... Y Juan Pantaleón, que apenas escribía su nombre, quiso cambiar la iglesia por el teatro, ser artista. El tábano de la codicia le picó cruelmente; fue un derramamiento alborozado de orgullo que, a no exteriorizarse, le hubiera enloquecido. No sabía música, pero su memoria auditiva era excelente: tonadilla que oía repetíala inmediatamente sin vacilaciones, y fiado en esto emprendió la lucha. La farándula cascabelera le llevó consigo muy lejos, de pueblo en pueblo, sobre las carreteras polvorientas de la Mancha y de la vieja Castilla; a veces de meritorio, otras con un jornal miserable.
Pero Juan Pantaleón era dichoso: las piruetas del vivir errante, la existencia de bastidores, la alegría de los afeites, el prestigio versallesco de las pelucas blancas, la policromía grotesca de los trajes que se endosaba para salir en el coro, distraían su impaciencia ambiciosa. Transcurrieron varios años y siempre igual: comiendo malamente hoy, ayunando mañana, y, entretanto, la desaprensiva juventud que se va, el corazón que se enfría y depone su optimismo, los pies que olvidan el regocijo de caminar... Hasta que Juan Pantaleón perdió definitivamente aquel funesto hilillo de voz que a tan descabelladas andanzas le había llevado, y sintiendo por primera vez el imperio aplastante de la realidad, sus pobres ojos vertieron llanto amarguísimo sobre la esperanza muerta. Tespis le despedía de su carreta: ya nunca iría a Madrid, Eldorado de su alma ingenua; jamás los periódicos hablarían de él. Roto, afónico, sin oficio, regresó a Serranillas, su pueblo, donde los caritativos oficios del alcalde y de don Tomás Murillo, el cura, lograron emplearle en la estación. Catorce pesetas semanales tenía de jornal.
Allí le conoció don Higinio. No obstante su derrota y el total hundimiento de su pasado, Juan Pantaleón mostrábase contento. El trabajo era corto, las responsabilidades de su cargo, poco graves; bastante más comprometido veíase el guardagujas que custodiaba la boca del túnel. Mientras él podía leer periódicos y vivir sobre el andén, cerca de aquellos trenes que, viniendo de muy lejos, tenían para su imaginación andariega una elocuencia poderosa. En esos expresos de lujo que ora están en Lisboa, ora en Berlín, viajan los artistas que un tiempo fueron «sus hermanos»: los músicos célebres, los tenores millonarios, bellos y famosos, las grandes _divas_ de renombre mundial...
Por lo mismo, Juan Pantaleón no siempre arrojaba al viento de igual modo el nombre de su pueblo:
—¡Serranillas... dos minutos!...
Si el convoy que salía de las tinieblas del túnel era un mercancías, el antiguo artista apenas se molestaba en lanzar su pregón. ¿Para qué? En los mixtos las personas adineradas y distinguidas no viajan, y él, Juan Pantaleón, no se incomodaba por la muchedumbre de tercera clase. El trabajador, el campesino, los «sin patria», a quienes importase el nombre de aquella estación, podían preguntarlo. En cambio, cuando el tren era un rápido, uno de esos grandes expresos internacionales que llevan y traen a los reyes del dinero y del arte, Juan Pantaleón no decía el nombre de Serranillas, sino que lo cantaba, alargándolo, modulándolo amorosamente, cual deslizando una lágrima de su alma triste entre aquellas cuatro sílabas melódicas y amadas:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
La i estirada, interminable, que alternativamente bajaba o subía con raros acrobatismos musicales, era algo lancinante, muy personal, muy hondo, que nadie comprendía. En el frío silencio nocturno, ante la impasibilidad de los vagones herméticos, oscuros, impenetrables como ataúdes tras el misterio de sus cortinillas corridas, Juan Pantaleón lanzaba al espacio su grito de costumbre:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
En el empleado de hoy florecía el artista de ayer. Entonces cantaba para los inteligentes, o solo, tal vez, para sí mismo, cual evocando tiempos pretéritos y mejores: era una especie de arrullo interior, de coquetería, de placer narcisista:
—¡Serraniiiillas... dos minutos!...
Lo decía varias veces y siempre con el mismo brioso ahinco; los mozos de la estación admiraban su voz ilusionada y dulce, y él lo sabía; aquel andén era su tribuna, su escenario; aquellos viajeros invisibles constituían su público. Juan Pantaleón pensaba:
«Ahora me oyen; quizás mi voz les impresione y sorprenda; acaso se lleven su timbre en la memoria...».
Si por casualidad algún viajero, hombre o mujer, se asomaba a una ventanilla y distraía los ojos en él, Juan Pantaleón se turbaba, enrojecía, bajaba los párpados... ¡Estaban mirándole!... ¿Por qué?... ¡Si fuese Anselmi! ¡Si fuese la De Lerma... o la Storchio!...
Hasta que el tren seguía, dejando el andén en silencio y en sombras: era su teatro que se cerraba, su público que se iba...
Secretamente, a pesar de su crédito, de su nombre y del amor a sus hijos, don Higinio envidiaba a Juan Pantaleón. El antiguo siervo de la farándula había viajado, pasado riesgos, tenido amoríos en encrucijadas y mesones; Juan Pantaleón, con sus días de ayuno y sus noches sin techo, llevaba a su espalda una linda historia de juglar. Como anduvo fuera de Serranillas muchos años podía referir lances ignorados de todos o inventarlos, refugiándose en el misterio de la distancia, para allí, con abundante espacio y gusto, bordar una mentira. ¡Él, en cambio, que una vez solo, cuando fue a graduarse Bachiller en Ciudad Real, perdió de vista la torre de la iglesia donde le bautizaron!... ¿Qué llegaría a contar que sus conterráneos no supiesen de memoria?... Por eso ahora, que la suerte le empujaba al extranjero, la compañía de aquel hombre que había corrido mundo producíale el efecto animador de un buen consejo.
Juan Pantaleón, que todo sabía explicarlo con sugestivo aplomo, le informaba de la fiebre de velocidad que tienen las comidas servidas en las estaciones; de su emoción al trasponer la frontera y sentir que repentinamente todas las personas hablaban otro idioma; de la alegría que sazona los almuerzos en las mesitas ambulantes de los _dining-car_; del extraordinario lujo y comodidades de los coches-dormitorio, donde el amor suele ofrecer a los hombres que viajan solos la sonrisa de una aventura...
El viernes, por la tarde, don Higinio también estuvo en la estación; le gustaba la casa, con su techumbre puntiaguda sombreada por un grupo de eucaliptos; la melancolía de los vagones olvidados sobre las vías de descarga; el andén pequeño, asfaltado, limpio, donde el ir y venir de los trenes parecía dejar estremecimientos de cosmopolitismo. Al marcharse, Juan Pantaleón le abordó:
—¿Así que, mañana, don Higinio?
—Sí, hombre, todo llega, mañana. ¿A qué hora pasa el rápido?
—A las nueve y cuarenta y cinco de la noche. ¡Quién pudiera irse en él!
Fue una lágrima disuelta en una exclamación. Sin poder contenerse, atropellando distancias y categorías, Juan Pantaleón dio su mano callosa a don Higinio. Ante el alborozado sobresalto del viaje, sus almas se acercaron, fraternizaron; era «un compañero». Don Higinio, que nunca le había dicho «adiós» a nadie, salió de la estación conmovido. Iba alegre, aunque su ufanía disimulaba una tristeza; su emoción recordábale historias de políticos desterrados que él antaño leyó; ahora, que se expatriaba, comprendía el dolor de aquellos hombres al pasar la frontera.