XXX.
El año de 1832 llegó á Puerto Rico, nombrado Canónigo de la Catedral, el presbítero doctor don Rufo Manuel Fernandez, sacerdote gallego, que por sus ideas acentuadamente constitucionales había sufrido persecuciones en la Península de parte de los absolutistas. El padre Rufo había sido Catedrático de Física experimental en la Universidad de Galicia, y tan pronto se constituyó en el país quiso propagar los conocimientos científicos que poseía; y secundado por la Sociedad Económica de Amigos del País estableció en 1834 un curso de Física y Química con su laboratorio. Algunos aparatos fueron costeados por el benefactor canónigo. El año de 1839 trasladó, de acuerdo con fray Angel de la Concepción Vázquez, su Laboratorio Experimental á una sala del Seminario Conciliar, pero con motivo de adquirir un local apropiado para construir unos hornos químicos hubo rozamientos con el Cabildo Eclesiástica y este alto cuerpo consultivo se opuso á que los seminaristas se ocuparan del estudio de la Química; y por consiguiente tuvo el padre Rufo que retirar su colección de instrumentos; lo que llenó de honda amargura á fray Angel, que deseaba que el Seminario Conciliar progresara en la instrucción que daba á sus educandos. En tiempos de los Jesuitas fué que llegó á tener el _Seminario-Colegio_ un magnífico laboratorio de Física y Química.
Compenetrado el Gobernador Conde de Mirasol de las condiciones excepcionales del padre Rufo como educacionista, patrocinó la idea propuesta por el sabio sacerdote, de que se fundara en la capital de la Isla un gran colegio para enseñanza superior. La Sociedad Económica de Amigos del País, siempre dispuesta á toda clase de esfuerzos por la instrucción en Puerto Rico, también prohijó el benefactor pensamiento del ilustre gallego; y el 27 de junio de 1844 hubo una sesión, que presidía el Gobernador, Conde de Mirasol, quien, inspirándose en las ideas vertidas por el Director de la Sociedad y “comprendiendo perfectamente la perentoria necesidad que tenía el país de un Colegio, Instituto ó Universidad, adecuado á las circunstancia de Puerto Rico, donde los jóvenes pudiesen completar sus carreras científicas ó literarias á muy poca costa y sin exponerse á los peligros del mar, invitó á dodos los vecinos pudientes á que se suscribiesen para objeto tan sagrado y trascendental, en una lista que encabezó S. E. con el donativo de cien pesos.”[49]
Nombróse una comisión compuesta de los señores Vasallo, Aubarade, Gimbernat, Aguayo y Montilla con facultades amplias para dar forma al proyecto en cuestión. Designóse á don Nicolás Aguayo, secretario de la Económica, para que gestionara por los pueblos de la Isla el aumento pecuniario de la suscripción iniciada en la Capital. Llegaron á reunirse 30 mil pesos.
Al mismo tiempo propuso el padre Rufo que se enviaran á Europa algunos jóvenes puertorriqueños de reconocidas aptitudes y aprovechamiento para que perfeccionándose en las ciencias físico-químicas y en la pedagogía pudieran después ponerse al frente del citado colegio. La Directiva aprobó el pensamiento del padre Rufo y lo mismo el Gobernador Conde de Mirasol. Y en abril de 1846 embarcaron con rumbo á Cádiz, en la fragata española _Ceres_, el infatigable padre Rufo y cuatro de sus discípulos predilectos:
Don Eduardo Micault „ Julián Nuñez „ Román Baldorioty de Castro „ José Julián de Acosta.
Los dos primeros, Micault y Nuñez, iban pensionados por la Subdelegación de Farmacia; los segundos, Castro y Acosta, iban atenidos á sus propios recursos y á la generosidad del canónigo que les conducía y de algunos buenos amigos. A poco de estar en Madrid fallecieron Micault y Nuñez, y la Subdelegación de Farmacia cedió á Castro y Acosta la pensión concedida á sus patrocinados.
El año de 1847 tuvo que ceder el mando el Gobernador Mendez Vigo el general don Juan Prim, quien ofreció que se llevaría á efecto el _Colegio Central_, pero su mando en esta antilla fué muy corto y pertubado por el alzamiento de los negros de las Isla de Santa Cruz, donde tuvo que enviar auxilios de tropa, á solicitud del gobernador danés de aquella isla. Tambien tuvo Prim rozamientos con la Audiencia por haber fusilado, sin formación de causa, al célebre bandido _E Aguila_, sucediéndole en el mando el general Pezuela, quién no prohijó el proyecto del padre Rufo; y opinó por reorganizar sobre un nuevo plan la enseñanza de la instrucción pública en toda la Isla. Mucho se ha censurado al Conde de Cheste este acto en contra de la fundación de un plantel de enseñanza; sobre todo habiendo la cantidad de dinero necsaria para comenzar dicha obra, pero estudiando á fondo el asunto se ve que hay un poco de exageración en estas críticas. Lo esencial era organizar bien las escuelas primarias antes que la segunda enseñanza. Casi todos los maestros de escuelas, que había establecidos en los pueblos, tenían sus títulos concedidos por el Obispado; y aunque existía la Comisión provincial de Instrucción primaria, instalada por López Baños en 1838, y las respectivas de los pueblos, todo esto era casi letra muerta porque no funcionaban con la debida regularidad. Había colegios aislados, que daban buenos resultados, como el _Liceo de San Juan_, bajo la dirección del presbítero don Fulgencio Angla, que tan brillantes exámenes dió en diciembre de 1837.[50]